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La Universidad de Córdoba secuenció por primera vez el genoma del hongo que causa la cercosporiosis del olivo

Descubre por qué el hallazgo del genoma del hongo Pseudocercospora cladosporioides es un avance importante para el cultivo del olivo. Explicamos qué revela la nueva investigación de la Universidad de Córdoba sobre la enfermedad que debilita los árboles, reduce el rendimiento y abre el camino al desarrollo de variedades de olivo más resistentes.

La Universidad de Córdoba secuenció por primera vez el genoma del hongo que causa la cercosporiosis del olivo
Photo by: Domagoj Skledar - illustration/ arhiva (vlastita)

Se descifró por primera vez el genoma del hongo que debilita los olivares: un nuevo hallazgo de Córdoba abre el camino a variedades más resistentes

El cultivo del olivo, una de las ramas agrícolas más importantes del espacio mediterráneo, se enfrenta en los últimos años a una serie de presiones, desde extremos climáticos y condiciones de mercado cambiantes hasta una exposición cada vez mayor a las enfermedades de las plantas. Entre ellas, cada vez destaca más la cercosporiosis del olivo, una enfermedad foliar causada por el hongo Pseudocercospora cladosporioides. Se trata de un patógeno que ataca al olivo y al acebuche, provoca pérdida de hojas, debilita el crecimiento vegetativo y puede reducir el rendimiento y la calidad de la cosecha. Precisamente por eso, la nueva investigación de la Universidad de Córdoba representa un avance importante: los científicos lograron por primera vez secuenciar y publicar públicamente el genoma completo de este hongo, abriendo así el camino a un seguimiento más preciso de la enfermedad y al desarrollo de variedades más resistentes.

La nueva secuenciación no es solo un éxito técnico de la genética de laboratorio. En la práctica, significa que los investigadores disponen ahora de una especie de “manual de instrucciones” del patógeno, es decir, de un mapa genético completo que muestra cómo funciona el hongo, cómo ataca al huésped y mediante qué mecanismos se adapta al entorno. Para una agricultura que en países como España tiene un fuerte papel económico, paisajístico y social, ese conocimiento puede tener consecuencias muy concretas: desde el reconocimiento más temprano de cepas de riesgo hasta una mejora más inteligente de las plantaciones y una protección vegetal más racional.

Una enfermedad que durante mucho tiempo no estuvo en el centro de atención

La cercosporiosis foliar del olivo se describe en la literatura especializada como una de las enfermedades foliares más importantes del olivo en el mundo, especialmente en la zona mediterránea. Los síntomas se observan con mayor frecuencia en las hojas. En la cara superior aparecen manchas de color verde claro a amarillento que con el tiempo pueden necrosarse, mientras que en el envés se desarrollan zonas características de color gris plomizo asociadas a las fructificaciones del hongo. La consecuencia no es solo un daño estético en la copa. Los árboles infectados pueden perder las hojas antes, presentar un crecimiento más débil de los brotes, una menor formación de yemas fructíferas y una maduración tardía del fruto, y en infecciones más fuertes la enfermedad también puede afectar a la calidad y a la cantidad de la producción.

Los trabajos científicos de la Universidad de Córdoba publicados en años anteriores mostraban que se trata de una enfermedad que durante mucho tiempo estuvo infravalorada en muchas zonas olivareras. En parte porque en la práctica se observaba a menudo junto con otras enfermedades del olivo, y en parte porque la biología del propio patógeno era difícil de estudiar. Los investigadores señalan que el hongo crece lentamente fuera del huésped, que es exigente de cultivar en condiciones de laboratorio y que precisamente por eso era muy difícil obtener material genético de calidad suficiente para un análisis genómico serio. Ese problema técnico representó durante años el principal obstáculo.

Otra razón del creciente interés por la cercosporiosis reside en los cambios de la propia producción. En España, según los investigadores, se estaban extendiendo variedades más sensibles, entre ellas el cultivar italiano Frantoio, mientras que al mismo tiempo en la protección vegetal se observa una tendencia cada vez más marcada a reducir el uso de preparados a base de cobre. Tales circunstancias no significan que una sola medida sea por sí misma la causa del problema, pero crean un marco más favorable para la propagación de una enfermedad que se desarrolla mejor cuando la protección preventiva se debilita y en las plantaciones predominan genotipos más sensibles.

Por qué el genoma es importante para fruticultores y mejoradores

Cuando se dice que se ha secuenciado el genoma del hongo, traducido significa que los científicos han logrado leer el registro hereditario completo del patógeno. Precisamente en ese registro se encuentran las instrucciones para construir estructuras celulares, producir proteínas, propagar la infección y superar las respuestas defensivas de la planta. Sin ese mapa, la investigación de la relación entre el patógeno y el olivo queda incompleta, y el desarrollo de variedades más resistentes se apoya más en intentos prolongados que en una búsqueda dirigida de rasgos útiles.

En el nuevo trabajo, publicado en 2026 en la revista Plant Pathology, el equipo de investigación señala que se ensambló un genoma de 53 megabases y que se identificaron más de 14.000 genes. Ese resultado se logró combinando tecnologías de lectura corta y larga de ADN, lo que hoy es estándar cuando se busca obtener un ensamblaje genómico de mayor calidad y más estable. Pero el tamaño del genoma en sí no es la parte más importante de la historia. La clave está en lo que siguió tras la secuenciación, es decir, la anotación del genoma, o sea, el reconocimiento y la interpretación funcional de genes individuales.

Precisamente esa fase permitió una visión más profunda de la estrategia de ataque del hongo. Según los datos del trabajo, los investigadores identificaron 491 genes relacionados con la degradación de la pared celular del olivo. Se trata de un hallazgo extremadamente importante porque la pared celular representa una de las barreras defensivas fundamentales de la planta. Si el patógeno dispone de un amplio conjunto de herramientas para destruirla, entonces resulta más claro por qué la infección puede ser tan persistente y por qué la enfermedad conduce al debilitamiento de la hoja y a la caída prematura. Además, también se identificaron 434 proteínas efectoras, moléculas que, en términos simplificados, ayudan al hongo a silenciar o sortear los mecanismos de defensa del huésped.

Esos datos son importantes mucho más allá de un solo laboratorio. Para los programas de mejora significan que la resistencia del olivo podrá buscarse a partir de ahora con mayor precisión, con foco en genes y procesos biológicos que ahora se sabe que son clave en el conflicto entre la planta y el patógeno. En otras palabras, ya no se trata solo de observar que una variedad es “más resistente” o “más sensible”, sino de intentar entender por qué es así y si esa respuesta puede trasladarse a nuevas selecciones.

El mayor obstáculo fue obtener material de ADN y ARN de alta calidad

Aunque el resultado final suena como una continuación natural del desarrollo de la genómica, en este caso el camino hacia el objetivo fue de todo menos sencillo. El propio equipo señala que el desafío clave consistió en obtener ADN y ARN de alta calidad. En muchos patógenos vegetales, este es un procedimiento exigente pero realizable de forma rutinaria. En el caso de Pseudocercospora cladosporioides, la situación fue considerablemente más compleja porque el hongo no es fácil de aislar fuera del huésped y mantener en condiciones que permitan una muestra suficientemente pura y estable.

Por eso fue importante el desarrollo de un protocolo preciso de aislamiento. Solo cuando se aseguró material biológico de calidad fue posible pasar a la secuenciación y al procesamiento bioinformático. En ese sentido, el estudio no aporta solo el resultado final, sino también un avance metodológico que beneficiará a otros grupos de investigación. En ciencia, esto suele ser tan importante como el propio hallazgo principal: una vez que se establece un método fiable, se abre la posibilidad de que otros laboratorios lo apliquen, lo verifiquen, lo perfeccionen y lo utilicen en nuevos análisis comparativos.

Esto es especialmente importante en enfermedades como la cercosporiosis del olivo, que no siempre atraen la misma atención que algunas epidemias más espectaculares en la agricultura, pero que a largo plazo pueden tener un gran efecto sobre la economía de la producción. La enfermedad se desarrolla lentamente, los síntomas a veces se confunden con otros problemas en la plantación, y parte del daño solo se hace visible a través de un vigor reducido del árbol y una cosecha más débil en las temporadas siguientes. Precisamente por eso, una comprensión profunda del patógeno puede ser más importante que las improvisaciones a corto plazo en la protección.

El contexto español: el olivo es un cultivo estratégico, y las enfermedades tienen un amplio impacto

La importancia de una investigación como esta crece aún más cuando se considera el peso del cultivo del olivo en España y en el Mediterráneo. Trabajos especializados anteriores recuerdan que España fue durante años la mayor potencia mundial en la producción de aceite de oliva, con enormes superficies de olivar, mientras que Andalucía es el centro de esa producción. El Consejo Oleícola Internacional, en sus estadísticas más recientes de marzo de 2026, también confirma el papel clave de España en el sector global del aceite de oliva y de las aceitunas de mesa. Cuando una enfermedad afecta a un sistema productivo así, las consecuencias no se miden solo en términos agronómicos, sino también a través de los ingresos de los productores, la estabilidad de la oferta, las inversiones en protección y la presión sobre las instituciones de investigación para que encuentren soluciones más sostenibles.

En ese contexto, también es comprensible la estimación de que la cercosporiosis puede generar grandes pérdidas anuales. La cifra de hasta 50 millones de euros al año aparece en materiales que acompañan este tema y habla sobre todo de la gravedad económica del problema, aunque la magnitud del daño depende por definición del año, de la intensidad de la infección, del surtido varietal, de las condiciones climáticas y del modelo de cultivo. En cualquier caso, se trata de una enfermedad cuya carga no se agota en un tratamiento o en una sola campaña vegetativa, sino que se traslada a la planificación de la producción, la elección de variedades y los costes de protección.

Además, hay que tener en cuenta que la agricultura europea se ha orientado en los últimos años hacia la reducción del uso de determinados productos fitosanitarios, un control más estricto de los residuos y una introducción más amplia de enfoques integrados. Es una dirección importante y esperada a largo plazo, pero al mismo tiempo exige de los cultivadores y de la ciencia conocimientos más precisos sobre los propios patógenos. En otras palabras, cuanto más limitadas o dirigidas sean las posibilidades de la protección química rutinaria, mayor será la necesidad de detección temprana, resistencia genética y una mejor comprensión de la biología de la enfermedad.

La sinergia entre agrónomos y genetistas como modelo para problemas agrícolas complejos

Uno de los mensajes más llamativos de esta investigación es que el resultado no se logró mediante el trabajo de un solo grupo estrechamente especializado, sino mediante la cooperación de varias disciplinas. La Universidad de Córdoba destaca que los departamentos de agronomía y genética desempeñaron un papel clave en el proyecto. Los fitopatólogos contaban con conocimientos sobre la enfermedad, el aislamiento del hongo y el trabajo con patógenos vegetales, mientras que la parte genética del equipo aportó experiencia en secuenciación, anotación y procesamiento bioinformático de enormes cantidades de datos. Solo la combinación de esas competencias permitió convertir un problema técnico en un avance científico.

Ese modelo de trabajo cobra cada vez más importancia en la ciencia agraria contemporánea. Las enfermedades de los cultivos leñosos, especialmente las de larga vida como el olivo, no pueden estudiarse eficazmente solo a nivel de los síntomas en el campo ni solo a nivel del análisis informático en el laboratorio. Se necesitan tanto experiencia de campo como fitopatología clásica, biología molecular y bioinformática. En ese sentido, este trabajo va más allá del tema de un solo hongo: muestra cómo se resuelven hoy problemas complejos de la producción de alimentos.

La investigación se desarrolló además en el marco más amplio del proyecto europeo Gen4Olive, coordinado por la Universidad de Córdoba. El proyecto, financiado por el programa Horizonte 2020, reúne a 16 socios y está orientado a acercar los recursos genéticos del olivo a los mejoradores y a los productores. Ese marco no es un detalle menor, sino que muestra cómo la política europea de investigación se orienta cada vez más a conectar la ciencia básica con las necesidades concretas de la agricultura. Cuando el genoma de un hongo pasa a estar disponible públicamente, no solo se beneficia el laboratorio que lo publicó, sino también la comunidad investigadora en general, que puede comparar poblaciones, seguir la evolución del patógeno y desarrollar herramientas de vigilancia.

Qué puede cambiar el nuevo conocimiento en la práctica

Un genoma de referencia disponible abiertamente también es importante para futuros sistemas de vigilancia de enfermedades. Una vez que se conoce la estructura genética completa del patógeno, resulta más fácil desarrollar pruebas moleculares para su detección más rápida y sensible. Esto puede ser especialmente útil en situaciones en las que los síntomas aún no se han desarrollado por completo o cuando es difícil distinguirlos de otros problemas en la hoja y el fruto. Para los productores y los servicios de asesoramiento, esto significa la posibilidad de reaccionar antes y con mayor precisión ante la presencia del patógeno, y no solo cuando el daño se hace visualmente evidente.

El segundo ámbito de aplicación es el seguimiento de la evolución del hongo. Los patógenos no son organismos estáticos. Las poblaciones cambian con el tiempo, se adaptan a las condiciones climáticas, al surtido del huésped y a las presiones que genera la protección vegetal. Sin un genoma de referencia, esos cambios son mucho más difíciles de seguir. Con el genoma en la mano, los investigadores pueden comparar aislados de distintas regiones, buscar diferencias relacionadas con la agresividad o con una posible adaptación y detectar antes tendencias que podrían convertirse en un problema para la producción.

En tercer lugar, y quizá lo más importante a largo plazo, está la mejora genética. El desarrollo de variedades resistentes de olivo es un proceso lento, porque se trata de un cultivo plurianual en el que cada paso de selección requiere tiempo. Pero un conocimiento más preciso de los mecanismos de infección puede hacer que ese proceso sea más eficiente. Si se sabe qué barreras defensivas de la planta ataca con más frecuencia el hongo y qué proteínas utiliza para suprimir la resistencia, entonces resulta más fácil definir los objetivos de selección y los marcadores moleculares que podrían ayudar a elegir genotipos prometedores.

Investigación sin sensacionalismo, pero con un valor claro

En una época en la que las noticias científicas suelen simplificarse hasta el nivel del espectáculo, este descubrimiento es más importante precisamente porque no promete una solución milagrosa de la noche a la mañana. La secuenciación del genoma no detendrá por sí sola la cercosporiosis en los olivares, ni producirá ya la próxima temporada una nueva variedad universalmente resistente. Sin embargo, crea una herramienta sin la cual no es posible un progreso serio. En ese sentido, se trata de un conocimiento estructural: quizá menos visible para el gran público, pero decisivo para todo lo que viene después.

Para los productores de olivo y las regiones que construyen gran parte de su economía sobre este cultivo, esta es una noticia importante porque muestra que la protección de la producción depende cada vez menos exclusivamente de medidas empíricas y cada vez más de una comprensión profunda de la biología del patógeno. Para la comunidad científica, es un punto de referencia que servirá de base para futuras investigaciones sobre la interacción entre el olivo y el hongo. Y para la agricultura europea en su conjunto, es un ejemplo de cómo la cooperación multidisciplinar puede aportar un resultado con un potencial muy concreto, desde la detección temprana de la enfermedad hasta olivares más resistentes a largo plazo.

Fuentes:
- Wiley / Plant Pathology – trabajo científico sobre el primer genoma de alta calidad del hongo Pseudocercospora cladosporioides
- MDPI / Agronomy – revisión de síntomas, biología de la enfermedad y estrategias de control de la cercosporiosis del olivo Evaluation of Fungicides and Management Strategies against Cercospora Leaf Spot of Olive
- University of Córdoba CRIS – datos sobre trabajos anteriores acerca de la susceptibilidad de nuevas variedades de olivo a Pseudocercospora cladosporioides
- GEN4OLIVE – datos oficiales sobre el proyecto europeo que conecta los recursos genéticos del olivo, la mejora genética y los equipos de investigación Gen4Olive
- International Olive Council – último resumen de la situación y estadísticas del sector del aceite de oliva de marzo de 2026 Olive sector statistics – February/March 2026

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