Un nuevo modelo de mapeo de la erosión en los olivares andaluces predice con mayor precisión la formación de cárcavas
En los olivares andaluces, donde a primera vista parece tratarse de un paisaje tranquilo y moldeado durante siglos, el agua deja cada vez más huellas que ya no se pueden arar y “nivelar” en una sola campaña. La erosión por cárcavas – canales profundos y permanentes que las avenidas excavan en el suelo – convierte algunas parcelas en un mosaico difícil de transitar, incrementa los costes de producción y, en última instancia, reduce el potencial agrícola de una región que es sostén de la producción europea de aceite de oliva. Cuando esos canales se ramifican, aparecen escenas que recuerdan a cañones en miniatura, y el daño ya no es solo local: el suelo arrancado termina en cauces y embalses, elevando la turbidez y cargando los sistemas de abastecimiento de agua y de riego.
El inicio de 2026 subrayó aún más lo sensibles que son las cuencas mediterráneas a episodios de lluvias abundantes. Tras las tormentas Leonardo y Marta, que en partes de España y Portugal trajeron lluvias intensas e inundaciones, los expertos volvieron a advertir que los aguaceros extremos sobre laderas desnudas o mal protegidas activan con facilidad la escorrentía superficial y los deslizamientos, y después el encajamiento profundo del suelo. Precisamente por eso, un mapa exacto de los lugares donde se abren las cárcavas – y una imagen clara de cuáles están “dormidas” y cuáles siguen avanzando – se convierte en una de las herramientas clave para la prevención.
En ese contexto, un equipo de investigación de la Universidad de Córdoba y de instituciones asociadas presentó un enfoque regional que combina cartografía detallada y modelización, con el resultado de una capacidad mucho mejor para predecir dónde se abrirán las cárcavas y qué actividad muestran las ya existentes. El trabajo publicado en la revista
Catena (febrero de 2026) aporta además cifras que por primera vez ofrecen una imagen comparable de las cárcavas en tipos representativos de paisajes olivareros de la cuenca del Guadalquivir.
Por qué las cárcavas son un problema que va más allá de una parcela
A diferencia de las regueras de erosión somera que pueden eliminarse con labores anuales en el manejo convencional del suelo, las cárcavas son estructuras geomorfológicas permanentes. Interrumpen los itinerarios de la mecanización agrícola, generan riesgos para la seguridad laboral y pueden “tragarse” árboles en los bordes del canal, especialmente cuando el borde superior (la llamada cabeza de cárcava) se desplaza activamente ladera arriba. En la práctica, esto implica pérdida de superficie cultivable, costes adicionales de restauración y la necesidad de intervenciones específicas distintas de las medidas anti-erosión habituales.
El problema no se detiene en el límite de la finca. El agua que arrastra partículas más finas desde las laderas aumenta la turbidez y el transporte de sedimentos en los ríos, y en los embalses puede contribuir con el tiempo al colmatado y a la reducción del volumen útil. Por ello, la erosión por cárcavas se convierte en una cuestión de gestión de cuencas: afecta a la calidad del agua, al mantenimiento de infraestructuras y a la planificación del riego – especialmente en la cuenca del Guadalquivir, donde la agricultura y el régimen hídrico están en tensión constante entre necesidades y recursos disponibles.
Un mapa regional y un índice que integra varios factores
El equipo de investigación liderado por Paula González, junto a Adolfo Peña y Tom Vanwalleghem y colaboradores de Bélgica, parte de la constatación de que los enfoques previos a menudo se limitaban a estudios locales. El “umbral topográfico” más utilizado se apoya principalmente en la relación entre pendiente y área de cuenca (área de drenaje) para estimar dónde pueden aparecer cárcavas. Este enfoque puede ser útil en áreas pequeñas, pero es menos fiable cuando se pretende abarcar una región diversa, y especialmente cuando es importante diferenciar cárcavas activas de las que están estabilizadas.
El nuevo enfoque se basa en el índice
Gully Head Initiation (GHI), un indicador orientado al proceso que reúne varios factores en un único valor. En su cálculo se combinan la pendiente, el área de drenaje, la precipitación, rasgos hidrológicos que influyen en la generación de escorrentía (incluido el llamado
curve number), el tipo de suelo y el contenido de arcilla. La idea es sencilla: es más probable que se abra una cárcava donde la escorrentía torrencial pueda generar suficiente “fuerza erosiva” para superar la resistencia del suelo. El GHI fue desarrollado en KU Leuven, se probó antes con ejemplos de Etiopía, y esta es la primera vez que se aplica de forma sistemática a paisajes olivareros de Andalucía, con una comparación directa con el umbral topográfico tradicional.
Cómo reunieron los datos: series de ortofotos y cuatro tipos de paisaje
Una de las novedades clave del estudio es la dimensión temporal. En lugar de una fotografía única del estado, los investigadores analizaron una serie de ortofotos y cartografiaron cambios entre 2008 y 2019. Así pudieron determinar si una cárcava aparece “de repente” en un periodo, permanece en el mismo lugar sin seguir expandiéndose, o si los bordes y la cabeza de la cárcava se desplazan a lo largo de los años, lo que apunta a una dinámica activa.
El análisis abarcó cuatro áreas de estudio representativas, cada una de 25 kilómetros cuadrados, dentro de la cuenca del Guadalquivir. Estas áreas se seleccionaron para representar los principales tipos de paisaje olivarero: campiñas onduladas (campiña) con distintas formas de relieve, zonas de transición de piedemonte, áreas de media montaña y llanuras bajas de valle. En cada tipo se cartografiaron las posiciones de las cabezas de cárcava y las formas asociadas, y después se determinó la actividad a partir de los cambios en el tiempo.
En total se identificaron
475 cabezas de cárcava. De ellas,
261 se clasificaron como activas,
76 como de nueva formación (formadas recientemente) y
138 como estables. Esta división no es solo estadística: muestra que parte de las cárcavas está en reposo o estabilizada, pero muchas siguen avanzando, lo que significa que la ventana para medidas preventivas sigue abierta – aunque exige un enfoque preciso.
Dónde se abren más a menudo las cárcavas y qué dice eso sobre el manejo del suelo
La comparación entre tipos de paisaje reveló diferencias claras. La mayor densidad de cárcavas y la mayor proporción de fenómenos activos se registraron en olivares de campiñas onduladas, donde las superficies cultivadas suelen extenderse por laderas suaves a moderadas y la longitud de los segmentos de ladera favorece la acumulación de escorrentía. En esas condiciones, una serie de pequeños cambios – por ejemplo, retirar la cobertura vegetal en el periodo de aguaceros más intensos, o conducir el agua por caminos y roderas de tractores – puede ser el detonante para que el flujo superficial se “concentre” y se abra paso en el suelo.
El contenido de arcilla y el tipo de suelo importan porque influyen en la infiltración y en la cohesión de las partículas. Los suelos con más arcilla pueden, según su estructura y compactación, tener menor infiltración durante lluvias intensas, lo que incrementa la escorrentía superficial. Al mismo tiempo, cuando el agua entra en un corte, puede acelerar la erosión lateral y la desestabilización de los bordes. Por eso, un modelo que incluye también la textura del suelo, y no solo el relieve, ofrece una imagen del riesgo más realista.
El mensaje práctico para la gestión es claro: no basta con saber que una parcela está “en ladera”. Hay que entender dónde se acumula el agua, por qué rutas se mueve y cómo es el suelo en los puntos críticos – porque las cárcavas suelen empezar donde confluyen pequeños flujos y se produce un salto súbito de energía de la escorrentía.
Cuán fiable es el modelo y cuáles son sus límites
El rendimiento del modelo se evaluó con medidas estadísticas de precisión predictiva. Al distinguir áreas con cárcavas de áreas sin cárcavas, el GHI alcanzó un AUC muy alto de
0,93, lo que significa que este enfoque permite delimitar con fiabilidad el espacio con mayor probabilidad de iniciación de cárcavas. En comparación, el umbral topográfico tradicional en el mismo análisis mostró una precisión mucho menor (AUC alrededor de
0,64), lo que confirma que el relieve por sí solo no basta en paisajes agrarios complejos moldeados por el ser humano.
Un valor añadido del enfoque GHI es el intento de diferenciar tipos de actividad. El modelo pudo distinguir cárcavas existentes activas de las estables, así como las de nueva formación de las existentes activas, aunque las diferencias entre estables y de nueva formación fueron menos marcadas. Es esperable: una cárcava que apareció “recientemente” puede parecer estable durante algún tiempo, hasta que un nuevo episodio extremo reactive el retroceso de la cabeza.
Un hallazgo importante es también que aplicar el modelo “por separado” según el tipo de paisaje no es necesariamente mejor que un modelo regional único. Dicho de otro modo, si se quiere una herramienta aplicable en la práctica a escala regional, conviene un enfoque consistente que reconozca impulsores comunes del proceso en distintas formas de relieve, en lugar de una serie de soluciones locales más difíciles de comparar.
Del mapa al terreno: medidas que ya se están probando en Andalucía
El mapa de riesgo y el inventario de cárcavas activas son solo el primer paso; el segundo es qué hacer en el terreno. En la campiña andaluza, en los últimos años se han aplicado y evaluado medidas que combinan cambios agronómicos, pequeñas obras y soluciones basadas en la naturaleza. El foco está en ralentizar y distribuir el agua antes de que adquiera un carácter “canalizado”, y en estabilizar los cortes erosivos existentes con vegetación y barreras.
- Cobertura vegetal entre hileras – mantener o sembrar cultivos de cobertura entre las hileras de olivos reduce el impacto de las gotas de lluvia, aumenta la infiltración y acorta el tiempo de permanencia de la escorrentía superficial sobre el suelo.
- Pequeñas presas y “albarrade” – barreras modulares ligeras y construcciones similares colocadas en el fondo de la cárcava o en pequeños cauces pueden atrapar sedimentos y reducir la velocidad del agua en tramos críticos.
- Empalizadas vegetales y revegetación de bordes – estabilizar los taludes de las cárcavas con especies autóctonas o bien adaptadas ayuda a consolidar el suelo y reducir los derrumbes laterales.
- Gestión de caminos y drenaje – desviar el agua de los caminos agrícolas y evitar que el flujo se concentre en las huellas de ruedas suele ser más barato que reparar después de que se abra una cárcava.
Estas medidas no son universales y siempre dependen del lugar, pero ahí es donde el mapa y el modelo pueden ser decisivos: permiten actuar primero donde el riesgo es mayor y donde la actividad de las cárcavas ya se observa en el terreno, en vez de dispersar recursos en intervenciones de poco efecto.
Contexto más amplio: el olivar como sector estratégico bajo presión del clima y del suelo
El olivar en Andalucía no es solo un asunto agronómico, sino también económico y social. Los resúmenes estadísticos oficiales de instituciones regionales señalan que la superficie de olivar en Andalucía en la campaña 2024/25 fue de alrededor de
1,66 millones de hectáreas, lo que representa la mayor parte de la superficie española total de olivo. En la práctica, eso significa que cualquier degradación del suelo en grandes extensiones tiene un efecto acumulativo: reduce la resiliencia de la producción frente a la sequía y las olas de calor, aumenta los costes de mantenimiento y refuerza la presión sobre los recursos hídricos.
Al mismo tiempo, el contexto meteorológico está cambiando. Episodios de precipitación extrema, como los que a comienzos de febrero de 2026 trajeron las tormentas Leonardo y Marta, elevan el riesgo de erosión precisamente en periodos en los que el suelo suele ser sensible por trabajos estacionales o por cobertura limitada. En esas situaciones, el debate sobre la protección del suelo pasa de lo “a largo plazo” a lo “urgente”: tras las inundaciones, la cuestión ya no es si aparecerán cárcavas, sino dónde y con qué rapidez, y cuánto sedimento acabará en los sistemas hídricos.
La literatura científica publicada en los primeros meses de 2026 confirma además que los olivares mediterráneos están entre los agroecosistemas especialmente expuestos a la erosión por la combinación de relieve, intensidad de las lluvias y manejo del suelo. En ese entorno, los enfoques que conectan hidrología, edafología y ordenación territorial ganan valor porque permiten que las medidas de protección del suelo se apoyen en riesgos medibles, y no solo en recomendaciones generales.
Qué podría cambiar en la práctica
El modelo regional y la clasificación de la actividad de las cárcavas abren espacio para decisiones más concretas. Para los agricultores, puede significar una respuesta más clara sobre dónde introducir prioritariamente cultivos de cobertura o dónde ajustar el manejo para evitar la concentración de la escorrentía. Para gestores de cuencas e infraestructuras, puede ser un punto de partida para planificar franjas de protección junto a los cauces, elegir lugares de captura de sedimentos o evaluar zonas con mayor riesgo de turbidez tras las tormentas.
También es importante el potencial de seguimiento de cambios. Dado que el estudio mostró el valor de las series temporales de ortofotos, el siguiente paso lógico es actualizar con mayor regularidad los mapas con imágenes más recientes y vincularlos con datos de lluvias extremas. Tras una temporada de lluvias abundantes como el invierno 2025/26, esa comprobación podría mostrar si las cárcavas “de nueva formación” se activaron, si las estables siguieron estables o si los focos se desplazaron.
El objetivo final no es solo comprender mejor la geomorfología del olivar, sino reducir la pérdida de suelo como recurso que se regenera extremadamente despacio. Cuando la erosión se convierte en una red de cárcavas, el coste de la restauración aumenta y los efectos se trasladan a la producción, a los sistemas hídricos y a las comunidades locales. Por eso, la combinación de cartografía precisa y un modelo que explica los procesos – junto con medidas en el terreno – es cada vez más un requisito para que el “mar de olivos” siga siendo productivo en décadas en las que los extremos meteorológicos serán más acusados.
Fuentes:- Catena (Elsevier) – artículo científico sobre el análisis regional de la actividad de cárcavas en olivares de la cuenca del Guadalquivir y la prueba del índice GHI (enlace)
- Zenodo – conjunto de datos abierto y figuras relacionadas con la investigación (series de análisis de ortofotos y tipos de paisaje) (enlace)
- Universidad de Córdoba (DAUCO, Departamento de Agronomía) – informe sobre el trabajo en el problema de la erosión por cárcavas y medidas de estabilización en campo (enlace)
- KU Leuven – descripción del desarrollo del índice GHI y de proyectos relacionados con la modelización de la iniciación de cárcavas (enlace)
- Junta de Andalucía – resumen estadístico y datos sobre la superficie de olivar en Andalucía (campaña 2024/25) (enlace)
- Copernicus Soil – artículo de revisión sobre la erosión en olivares mediterráneos y los impulsores clave del proceso (enlace)
- Euronews – cobertura de tormentas e inundaciones en Portugal y España a comienzos de febrero de 2026, con advertencias de los servicios meteorológicos (enlace)
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