Hubble, en su 36.º año de funcionamiento, publicó una nueva imagen espectacular de la Nebulosa Trífida y mostró que el universo cambia también en la escala temporal humana
El telescopio espacial Hubble de la NASA y la ESA conmemoró su 36.º aniversario de funcionamiento con la publicación de una nueva imagen excepcionalmente detallada de una parte de la Nebulosa Trífida, una enorme región de formación estelar situada a unos 5000 años luz de la Tierra en la constelación de Sagitario. Se trata de una escena que Hubble registró por primera vez ya en 1997, y la nueva observación ofrece ahora una visión poco común de cambios que, a escala cósmica, ocurren casi ante nuestros ojos. Precisamente esa es una de las razones por las que esta publicación conmemorativa es importante tanto en el plano científico como en el simbólico: muestra que incluso estructuras que normalmente se perciben como casi inmóviles pueden revelar cambios medibles ya dentro de una sola vida laboral humana. La nueva imagen fue publicada el 20 de abril de 2026, pocos días antes del 36.º aniversario del lanzamiento de Hubble el 24 de abril de 1990, y según la NASA y la ESA es uno de los ejemplos más llamativos de cómo la longevidad de un telescopio espacial convierte un archivo en una herramienta para seguir la evolución del universo.
Una nueva mirada al mismo lugar reveló cuánto significan 29 años en astronomía
Para la astronomía, resulta especialmente valioso que Hubble no fotografiara una región desconocida, sino la misma parte de la nebulosa a la que regresó después de 29 años. La comparación entre la imagen de 1997 y la de 2026 muestra que ciertos chorros de plasma, acumulaciones de gas y bordes de estructuras polvorientas se han desplazado, expandido o cambiado de forma lo suficiente como para que los instrumentos puedan registrarlos con claridad. La NASA señala que la nueva observación también fue posible gracias a que el telescopio cuenta hoy con la cámara más avanzada Wide Field Camera 3, instalada durante la cuarta misión de servicio, que tiene un campo de visión más amplio y una mayor sensibilidad que la cámara más antigua utilizada a finales de los años noventa. En la práctica, eso significa que la nueva imagen no solo es más nítida y profunda, sino también considerablemente más útil para compararla con datos históricos. Así, Hubble ya no es solo un instrumento que registra escenas fascinantes, sino también un cronista preciso de los cambios en regiones donde las estrellas nacen, se modelan e influyen en su propio entorno.
La Nebulosa Trífida, también conocida como Messier 20 o M20, ha resultado atractiva para los astrónomos desde hace mucho tiempo precisamente porque reúne varios procesos en una zona relativamente pequeña: la formación estelar, la acción de la intensa radiación ultravioleta de estrellas masivas, la erosión de nubes de gas y polvo y la aparición de chorros de material expulsados por estrellas jóvenes en formación. En la nueva imagen de Hubble, estos procesos no aparecen presentados como un modelo científico abstracto, sino como una escena visualmente muy estratificada. La parte superior izquierda del encuadre está llena del resplandor azulado del gas ionizado, mientras que a través del centro y del lado derecho se extienden formas onduladas marrones y naranjas de polvo denso. La parte extrema derecha está casi completamente oscura, lo que indica una región en la que el polvo es tan denso que oculta la mayor parte de la luz visible. Esa disposición de colores y brillo es consecuencia de procesos físicos dentro de la propia nebulosa, y no solo de un tratamiento estético de la imagen.
Las estrellas masivas moldean el entorno durante cientos de miles de años
Según la NASA, varias estrellas masivas situadas fuera del propio encuadre han estado moldeando esa región durante al menos 300.000 años. Su intensa radiación ultravioleta y sus vientos estelares soplan una enorme burbuja en el medio interestelar, comprimen el gas y el polvo y, al hacerlo, desencadenan nuevas oleadas de formación estelar. Ese es uno de los motivos clave de toda la imagen: en la misma escena se ven tanto las consecuencias destructivas como las creativas de la acción de las estrellas masivas. La radiación destruye nubes frías, arranca electrones del gas y crea resplandor, pero al mismo tiempo la compresión del material puede poner en marcha el nacimiento de nuevos núcleos estelares. Precisamente por eso, nebulosas como la Trífida no son solo objetos decorativos, sino laboratorios naturales en los que se sigue cómo la materia cósmica se transforma de una nube difusa en nuevas estrellas y sistemas planetarios.
El motivo central de la nueva imagen resulta especialmente interesante también por su forma poco habitual. La NASA y la ESA destacan que la estructura recuerda a una babosa marina, concretamente a un llamado limón de mar, por lo que en la descripción popular ha sido apodada “limón de mar cósmico”. Esa cabeza de coloración rústica y ese cuerpo ondulado son en realidad una nube densa de gas y polvo que se desliza por el encuadre visual como un ser sumergido en el océano oscuro del espacio. Detrás de la impresión poética se esconde una física muy concreta: en la parte superior de esa nube hay zonas en las que el material todavía se está condensando, mientras que a su alrededor la radiación ultravioleta de las estrellas vecinas erosiona y estratifica las capas externas. Por eso la escena parece al mismo tiempo viva, frágil y dinámica.
Herbig-Haro 399 y rastros de actividad de estrellas jóvenes
La mayor atención en la interpretación especializada la atrae el “cuerno” izquierdo de esa nube, una parte del objeto conocido como Herbig-Haro 399. Se trata de un chorro de plasma que una joven protoestrella expulsa periódicamente a lo largo de siglos. Precisamente la comparación entre dos épocas de observación permitió a los astrónomos ver cómo ese chorro se expandió y, de ese modo, estimar de manera más directa las velocidades de salida de la materia y la cantidad de energía que la joven estrella transfiere a su entorno. Esas estimaciones son importantes porque ayudan a explicar cómo las estrellas recién formadas regulan su propio crecimiento y cómo su actividad altera o remodela la nube circundante de la que surgieron. Junto al chorro izquierdo también se ven rastros de un llamado contrachorro, líneas dentadas naranjas y rojas que descienden por la parte más oscura de la nube. Eso confirma además que se trata de un sistema activo en el que una estrella joven expulsa material en direcciones opuestas.
En el “cuerno” opuesto, más oscuro y triangular, se encuentra otra estrella joven. Las vistas ampliadas muestran un tenue punto rojo con un pequeño chorro, mientras que el arco verdoso sobre él, según la interpretación de la NASA, puede ser señal de que la intensa radiación ultravioleta del entorno está erosionando el disco circunestelar de material que la rodea. Si esa interpretación es correcta, se trata de un momento en el que las condiciones externas están dando forma literalmente a las fases finales del nacimiento de la estrella. El espacio más despejado alrededor de esa protoestrella también sugiere que el proceso de su formación quizá esté llegando a su final. En el encuadre también aparece una serie de otros rastros de actividad más sutiles: líneas onduladas, trazos rojos agudos y crestas estrechas que apuntan a chorros adicionales procedentes de embriones estelares profundamente enterrados.
Por qué en la imagen se ven partes azules, amarillas, marrones y casi negras
Una de las particularidades de la imagen conmemorativa de Hubble es que al mismo tiempo parece artística y didáctica. Las zonas más azuladas hacia el borde superior izquierdo indican regiones en las que el gas está fuertemente ionizado, es decir, donde los electrones se han separado de los átomos bajo la influencia de la radiación de estrellas masivas. Los flujos amarillentos de gas, especialmente en la parte superior de la nube central, muestran dónde la radiación ultravioleta “golpea” literalmente el material más oscuro y empieza a descomponerlo. Las crestas marrones y rojo oscuro representan gas y polvo más densos que todavía resisten esa erosión y que, según las explicaciones de la ESA y la NASA, sobrevivirán todavía millones de años antes de ser completamente dispersados o convertidos en nuevas estrellas. Las esquinas casi negras de la imagen no son simplemente ausencia de luz, sino regiones de máxima densidad de polvo, donde la luz visible logra abrirse paso hasta el telescopio con gran dificultad.
En la imagen también se ven brillantes esferas naranjas, estrellas que ya han completado su formación y han limpiado el espacio inmediato a su alrededor. Eso es un recordatorio importante de que una sola nebulosa contiene toda una serie de etapas evolutivas: desde nudos densos, casi opacos, donde las protoestrellas apenas empiezan a formarse, pasando por chorros activos de material, hasta estrellas completamente formadas que ya han despejado de restos de la nube su entorno. La Trífida es, por tanto, un excelente ejemplo de cómo en el mismo encuadre coexisten el pasado, el presente y el futuro de la vida estelar. Lo que hoy parece una compleja nube de gas y polvo podría ser, dentro de unos pocos millones de años, una región mucho más difusa en la que de la nebulosa original quedarán sobre todo estrellas.
La imagen conmemorativa como recordatorio de la longevidad de Hubble
La publicación de la nueva imagen de la Trífida llega en un momento en el que Hubble acumula ya más de 1,7 millones de observaciones. Según los datos de la NASA y la ESA, casi 29.000 astrónomos han utilizado los datos de Hubble para trabajos científicos revisados por pares, de los que han surgido más de 23.000 publicaciones, y solo durante 2025 se publicaron casi 1100. Esas cifras no hablan solo de la longevidad de la misión, sino también de su productividad. Hubble no es un instrumento que marcó una época y luego quedó como símbolo del pasado, sino un observatorio que todavía hoy genera datos a diario, abre nuevas preguntas y sigue siendo la base de numerosas investigaciones. Al mismo tiempo, su archivo adquiere cada vez más valor porque en las imágenes antiguas, cuando se comparan con las nuevas, pueden seguirse cambios en objetos que evolucionan más lentamente de lo que normalmente cabe en la vida útil de una sola misión.
En los últimos meses, Hubble, según las publicaciones oficiales de la ESA, ha contribuido a una serie de nuevos resultados que muestran hasta qué punto sigue siendo científicamente relevante. Entre ellos figuran la identificación de una de las galaxias conocidas más oscuras, el descubrimiento de cientos de anomalías cósmicas con ayuda de la inteligencia artificial, la primera observación de colisiones catastróficas de asteroides en el sistema alrededor de la estrella Fomalhaut y una estimación más precisa del tamaño del cometa interestelar 3I/ATLAS. En junio de 2025 también se publicó un estudio que, sobre la base de datos de Hubble y mediciones de la misión Gaia de la ESA, puso en duda la estimación anterior, considerada casi segura, de que la Vía Láctea y Andrómeda chocarán inevitablemente. Ejemplos así muestran que Hubble no es importante solo por su legado histórico y sus fotografías icónicas, sino también porque sigue participando activamente en la revisión de concepciones astronómicas fundamentales.
Cooperación con Webb y el valor de las largas series temporales
El trabajo de Hubble adquiere un peso adicional por el hecho de que sus datos se combinan cada vez más a menudo con observaciones de otros observatorios espaciales. La NASA indica que desde 2022 las observaciones de Hubble y del telescopio espacial James Webb se comparan y complementan regularmente, y Hubble sigue siendo especialmente importante en la parte ultravioleta y visible del espectro, mientras que Webb penetra más profundamente en la región infrarroja. En esta división del trabajo, Hubble no desempeña el papel de un predecesor más antiguo que se retira lentamente, sino el de un socio sin el cual la imagen del universo estaría incompleta. Esto se ve especialmente claro precisamente en el ejemplo de la Trífida: la capacidad de Hubble para seguir durante décadas la misma región en luz visible crea una serie temporal de valor incalculable, algo que ninguna fotografía espectacular individual puede ofrecer por sí sola.
En ese sentido, la nueva imagen conmemorativa tiene un doble valor. Para el público general, es otro recordatorio de por qué Hubble se convirtió en el “telescopio del pueblo”, un instrumento cuyas imágenes dieron forma a la percepción popular del universo. Para la comunidad científica, es otra prueba de que las observaciones prolongadas del mismo objeto pueden revelar procesos que de otro modo no podrían medirse fácilmente. En la Trífida, por tanto, no se observa solo la belleza de la nebulosa, sino también la dinámica del nacimiento de estrellas, la erosión de las nubes y la transferencia de energía de las estrellas jóvenes al medio interestelar circundante. Esa es la razón por la que el 36.º aniversario de Hubble se conmemoró precisamente con el regreso a un lugar antiguo: la misma escena, después de casi tres décadas, se convirtió en una nueva historia científica.
Mientras Hubble entra en el 37.º año de su misión, la nueva imagen de la Nebulosa Trífida actúa al mismo tiempo como celebración de la resistencia de una de las plataformas científicas más importantes de la era moderna y como recordatorio de que el universo no es estático. En las profundidades de la nube, detrás de bandas oscuras de polvo y en finos chorros de plasma, siguen desarrollándose procesos que a lo largo de millones de años crearán nuevas estrellas y remodelarán toda la región. La ventaja de Hubble es que no observa esos cambios solo como un instante, sino como un registro continuo. Y precisamente un registro así es lo que permite a la astronomía contemporánea mirar el universo no solo como espectáculo, sino como un proceso que puede seguirse, compararse y comprenderse.
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