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El crecimiento global en 2026 bajo una presión creciente: las guerras, la energía y las tensiones comerciales intensifican los riesgos

Descubre por qué los analistas advierten de que 2026 podría traer un crecimiento global más lento, inflación persistente y una mayor presión sobre gobiernos, empresas y presupuestos familiares. Ofrecemos un panorama de los riesgos clave, desde la guerra y la energía hasta los conflictos comerciales y las señales más débiles del mercado laboral.

El crecimiento global en 2026 bajo una presión creciente: las guerras, la energía y las tensiones comerciales intensifican los riesgos
Photo by: Domagoj Skledar - illustration/ arhiva (vlastita)

El crecimiento global en 2026 entra en una fase sensible: la desaceleración ya no es un escenario marginal

La economía mundial en 2026 no entra en recesión como escenario base, pero sí entra en un periodo en el que las perspectivas son más frágiles de lo que parecía hace apenas unos trimestres. Las guerras y las tensiones geopolíticas siguen siendo una fuerte fuente de incertidumbre, las barreras comerciales y los conflictos regulatorios elevan los costes de hacer negocios, y los mercados laborales de una serie de países siguen mostrando señales de fatiga bajo la superficie. Además, la inflación en gran parte del mundo ya no avanza hacia los objetivos con la facilidad que los bancos centrales esperaban tras la primera ola de moderación de los precios. Por eso, en los círculos especializados se habla cada vez más de una combinación de demanda más débil, inversión más cautelosa e inflación persistente en determinados segmentos, especialmente en los servicios y en los costes laborales. Es una combinación que para los gobiernos significa un margen más estrecho para las medidas fiscales, para las empresas una planificación más costosa y un mayor riesgo operativo, y para los hogares presión sobre los ingresos reales, el ahorro y el consumo.

Varias instituciones ven una desaceleración, aunque difieren en sus estimaciones

Las instituciones internacionales más importantes no ofrecen una cifra idéntica para el crecimiento mundial en 2026, pero el mensaje común es claro: el crecimiento será más débil que la media anterior a la pandemia y estará expuesto a notables riesgos a la baja. En su actualización de previsiones de enero, el Fondo Monetario Internacional estima que el PIB mundial en 2026 podría crecer un 3,3 por ciento, lo que supone un resultado algo más resiliente que en estimaciones anteriores, aunque con la advertencia de que los riesgos siguen inclinados a la baja. En el informe World Economic Situation and Prospects 2026, las Naciones Unidas son más cautas y señalan que la economía mundial podría crecer este año un 2,7 por ciento, por debajo del 2,8 por ciento estimado para 2025 y claramente por debajo de la media anterior a la pandemia del 3,2 por ciento. El Banco Mundial, en la edición de enero de Global Economic Prospects, también advierte de que la perspectiva a largo plazo es más débil que la resiliencia a corto plazo y de que la trayectoria actual no es suficiente para una reducción más fuerte de la pobreza y la creación de empleo allí donde más se necesita. En otras palabras, incluso cuando se evita una caída global, sigue existiendo el problema de un crecimiento demasiado débil y desigual.

Por qué el temor a un crecimiento más lento vuelve al centro del debate

La razón de una mayor cautela no es solo un shock, sino la acción simultánea de varios factores desfavorables. La guerra en Ucrania sigue pesando sobre la economía europea a través del riesgo de seguridad, los costes presupuestarios y las perturbaciones del comercio regional. Las tensiones en Oriente Próximo y otras crisis geopolíticas mantienen la vulnerabilidad de las cadenas energéticas y logísticas, incluso cuando parte de los precios de las materias primas baja. Al mismo tiempo, la política comercial se vuelve cada vez más impredecible: más aranceles, controles a la exportación, requisitos de seguridad y obstáculos técnicos significan que la globalización no desaparece, pero sí se vuelve más cara y más lenta. En ese entorno, las empresas invierten menos en ampliar capacidad, trasladan con más frecuencia las cadenas de suministro y gastan más dinero en resiliencia que en productividad. La consecuencia es un impulso inversor más débil precisamente en un momento en que muchas economías necesitan un nuevo ciclo de crecimiento.

Las tensiones comerciales ya no son un tema secundario, sino una carga estructural

El último año ha mostrado además que las tensiones comerciales ya no actúan como un episodio político ocasional, sino como un hecho económico permanente. La OCDE ya advirtió en sus estimaciones del año pasado que unos muros comerciales más altos y la incertidumbre política debilitan las perspectivas de crecimiento, y UN Trade and Development señala en su actualización de enero para 2026 que el comercio mundial entra en el año bajo una presión reforzada por un crecimiento más lento, la fragmentación geopolítica, normas nacionales más estrictas y un cumplimiento regulatorio más costoso. Al mismo tiempo, la Organización Mundial del Comercio registra un fuerte crecimiento del valor de las importaciones de bienes afectadas por nuevos aranceles y otras medidas de importación. Para las grandes economías, esto significa un mayor margen de maniobra para la política industrial, pero para los exportadores más pequeños y las economías abiertas significa un mayor coste de ajuste. Croacia y economías europeas similares son especialmente sensibles porque dependen de la demanda de socios más grandes, de los precios de la energía y de la estabilidad de las cadenas de suministro.

La energía ya no está en el punto álgido de la crisis, pero el riesgo no ha desaparecido

A primera vista, podría concluirse que la presión energética es más débil que en 2022 y 2023, y eso es parcialmente cierto. En su último informe sobre los mercados de materias primas, el Banco Mundial espera una nueva caída de los precios generales de las materias primas durante 2026 y estima que los precios mundiales de las materias primas caerán a su nivel más bajo en seis años. Pero esa cifra no significa que el problema energético haya desaparecido de la ecuación macroeconómica. En primer lugar, unos precios medios más bajos no eliminan el riesgo de subidas repentinas provocadas por la guerra, sabotajes, interrupciones del transporte o decisiones políticas de grandes productores. En segundo lugar, la situación energética no es igual en todas partes: mientras que el mercado petrolero podría estar mejor abastecido, los mercados del gas siguen siendo sensibles a las perturbaciones geopolíticas y a los extremos meteorológicos. En tercer lugar, las empresas y los hogares no sienten solo los precios bursátiles de los energéticos, sino también los peajes de red, el transporte, los seguros y los costes más amplios de la transición hacia fuentes más seguras y más limpias. Por eso la energía ya no es exclusivamente la historia de una única explosión dramática de precios, sino de un grado permanentemente más alto de incertidumbre.

La inflación baja, pero no de forma lo bastante ordenada como para que desaparezca la preocupación

Gran parte de 2025 estuvo marcada por la convicción de que la inflación bajaría gradualmente hasta los niveles objetivo y permitiría una relajación monetaria más fácil. Eso ocurrió en parte, pero no de forma uniforme. El FMI estima que la inflación mundial seguirá reduciéndose, pero advierte de que en algunas grandes economías, especialmente allí donde la demanda interna y el mercado laboral siguieron siendo fuertes durante más tiempo, el retorno al objetivo avanza más lentamente. El Banco Central Europeo señala en sus publicaciones más recientes que la inflación en la zona del euro en enero de 2026 se situó en el 1,7 por ciento, con una contribución negativa de la energía, mientras que los precios de los alimentos y algunas categorías de servicios siguieron siendo más resistentes. Ahí reside precisamente el problema central para 2026: la inflación general puede parecer más soportable, pero las presiones subyacentes sobre los precios todavía pueden frenar las bajadas de los tipos de interés o al menos mantener la cautela de los bancos centrales. Y cuando el dinero es más caro de lo que las empresas desearían, la inversión, la contratación y el gasto en bienes duraderos son más débiles.

El mercado laboral no envía señales dramáticas, pero sí preocupantes

Por ahora no hay un colapso global del mercado laboral que apunte de inmediato a una crisis profunda. La Organización Internacional del Trabajo estima que la tasa mundial de desempleo en 2026 podría mantenerse en el 4,9 por ciento, es decir, en aproximadamente 186 millones de personas. Sin embargo, la misma institución advierte de que una tasa de desempleo estable tampoco significa un mercado laboral sano. El progreso en la calidad del empleo se estanca, las desigualdades siguen siendo acusadas y un gran número de personas continúa trabajando en empleos peor remunerados, inseguros o insuficientemente productivos. Los jóvenes constituyen un problema particular, al igual que los países donde las presiones demográficas y la baja inversión dificultan la creación de empleos de calidad. Esto es importante para la imagen macroeconómica porque una calidad más débil del empleo tarde o temprano golpea al consumo, la productividad y los ingresos fiscales. En otras palabras, el empleo formal puede mantenerse estable incluso mientras se deteriora la calidad económica del trabajo.

El margen fiscal es cada vez más estrecho y la deuda cada vez más sensible

Una de las razones por las que 2026 es más sensible que los años anteriores es también el hecho de que muchos gobiernos ya han agotado parte de su margen de maniobra. Tras la pandemia, la crisis energética y el ciclo de subsidios, los presupuestos están bajo mayor presión, y los tipos de interés son más altos que en el periodo del dinero ultrabarato. La ONU advierte sobre un espacio fiscal limitado y una inversión más débil como lastres importantes para la actividad mundial, mientras que el FMI y la OCDE subrayan la necesidad de reconstruir colchones fiscales. Esto crea para los responsables políticos una elección incómoda: ayudar a los ciudadanos y a la economía o estabilizar la deuda más rápidamente. El problema es que, en condiciones de crecimiento más lento, ambas opciones se vuelven más difíciles. Si el Estado gasta demasiado, los mercados y las agencias de calificación pueden reaccionar con más nerviosismo; si gasta demasiado poco, corre el riesgo de un enfriamiento adicional de la economía y de un aumento del descontento social.

Las grandes economías no se desaceleran al mismo ritmo

Detrás de la media global se esconde una gran diferencia entre regiones. Estados Unidos sigue mostrando una mayor resiliencia gracias a la demanda interna, la inversión tecnológica y un mercado de capitales más fuerte, pero incluso allí las instituciones internacionales advierten de que la inflación avanza hacia el objetivo más lentamente de lo que se pensaba antes. China sigue siendo clave para la industria mundial, la demanda de materias primas y las cadenas de valor regionales, pero su crecimiento ya no es el motor que fue en décadas anteriores. Las Naciones Unidas estiman que la economía china podría crecer un 4,6 por ciento en 2026, tras un 4,9 por ciento estimado en 2025, lo que sigue siendo una tasa fuerte en términos absolutos, pero inferior a los patrones históricos a los que el mundo se había acostumbrado. Europa, por su parte, está más expuesta a los shocks externos, a una energía más cara y a una dinámica industrial más débil, por lo que cualquier nueva perturbación en el comercio o la seguridad deja allí una huella más rápida en la producción y en las exportaciones.

Las empresas entran en un periodo de cautela más costosa

Para el sector empresarial, el problema no es solo que el crecimiento pudiera ser más lento, sino que el abanico de resultados posibles se ha ampliado. La dirección debe planificar hoy con más escenarios que hace unos años: desde bajadas más tranquilas de los tipos de interés y una demanda estable hasta un nuevo shock de precios de la energía, golpes arancelarios o perturbaciones en el suministro de componentes clave. Esto conduce a un comportamiento más conservador. Las empresas aplazan parte de sus inversiones, firman contratos de aprovisionamiento más cortos, mantienen mayores inventarios y gastan más en seguros, seguridad y cumplimiento regulatorio. Están especialmente expuestos los sectores con márgenes estrechos y alta intensidad energética, así como los exportadores que dependen de grandes mercados afectados por disputas comerciales. En ese entorno, incluso una tasa de crecimiento formalmente positiva no tiene por qué significar que la economía se sienta realmente sana sobre el terreno.

Los hogares sienten las consecuencias a través de los precios, los créditos y la inseguridad

Para los ciudadanos, la imagen macroeconómica global suele ser abstracta hasta que se traslada a tres elementos muy concretos: precios, cuotas y empleo. Si la inflación se mantiene más alta de lo deseable, los costes de los alimentos, la vivienda y los servicios se normalizan más lentamente. Si los tipos de interés no bajan rápidamente, los créditos siguen siendo más caros y el acceso a la financiación de vivienda se vuelve más difícil. Si los empleadores se vuelven más cautelosos, el crecimiento salarial se desacelera y las relaciones laborales más inseguras se hacen más frecuentes. Precisamente por eso el escenario de un crecimiento más lento con inflación persistente atrae tanta atención: no es solo un problema de estadísticas, sino que afecta directamente a la vida cotidiana. En muchos países, las consecuencias políticas de esa combinación ya son visibles a través de la caída de la confianza, la presión sobre las transferencias sociales y el fortalecimiento de las demandas de protección de la producción nacional.

La tecnología y la inteligencia artificial pueden ayudar, pero también aumentar la inestabilidad

En parte de las previsiones aparece también un elemento más optimista: las inversiones relacionadas con la inteligencia artificial y la infraestructura digital han amortiguado en algunas economías el golpe de la incertidumbre. El FMI destaca que las inversiones tecnológicas y unas condiciones financieras más favorables ayudaron a mantener la resiliencia del crecimiento global. Pero la misma fuente advierte de que unas expectativas excesivamente optimistas sobre la productividad vinculada a la inteligencia artificial podrían, en caso de decepción, provocar correcciones en los mercados y endurecer aún más las condiciones financieras. Eso significa que la tecnología no es un rescate simple, sino también un nuevo canal de riesgo. Si aporta un crecimiento real de la productividad, puede ayudar a la economía a soportar más fácilmente salarios más altos y mayores costes del capital. Si resulta que las expectativas estaban infladas, la corrección podría golpear la inversión, el consumo y el sentimiento de los inversores.

Qué podría empeorar el panorama durante el año

Los mayores riesgos a la baja para 2026 están por ahora identificados con bastante claridad. El primero es una nueva escalada de los conflictos geopolíticos que volvería a elevar los precios de la energía o perturbaría los corredores de transporte. El segundo es un mayor endurecimiento de los conflictos comerciales, especialmente entre grandes potencias, lo que frenaría aún más el intercambio y la inversión. El tercero es un shock financiero provocado por cambios bruscos en las expectativas sobre inflación, tipos de interés o el sector tecnológico. El cuarto es el riesgo político dentro de los propios Estados, porque los periodos de crecimiento más lento suelen intensificar el proteccionismo, las tensiones sociales y la presión sobre las finanzas públicas. En el fondo de todo sigue estando el problema estructural de una productividad más débil en gran parte del mundo, especialmente allí donde la inversión en infraestructuras, educación e innovación es insuficiente.

Qué podría, sin embargo, mitigar la desaceleración

Sin embargo, no todo tiene que estar necesariamente marcado por el deterioro. Los precios más bajos de parte de las materias primas y de los energéticos pueden aliviar a importadores y consumidores, especialmente si no se produce una nueva perturbación geopolítica. Una mayor moderación de la inflación abriría espacio para una relajación monetaria más cuidadosa y una financiación más barata. Unas reglas comerciales más estables y menos conflictos políticos podrían devolver parte de la confianza inversora. Y si las inversiones tecnológicas realmente empiezan a producir efectos más amplios sobre la productividad, algunas economías podrían evitar una desaceleración más profunda. Aun así, según los datos disponibles, estas son actualmente más condiciones para mitigar el riesgo que razones para un fuerte optimismo. El mensaje predominante de las instituciones internacionales es que la economía mundial por ahora sigue en pie, pero sobre un terreno cada vez más inestable.

Un año en el que la confianza y la previsibilidad serán decisivas

En última instancia, 2026 se perfila como un año en el que la propia tasa de crecimiento no será la única medida del éxito. Será igualmente importante hasta qué punto los gobiernos y los bancos centrales hayan conseguido devolver una sensación de previsibilidad, hasta qué punto las empresas estén dispuestas a invertir pese a la incertidumbre y si los hogares pueden volver a contar con precios más estables e ingresos más seguros. El crecimiento global aún no se ha detenido, pero entra en una fase en la que es más sensible a las decisiones políticas, a las escaladas bélicas y a los errores de cálculo que en el periodo anterior a la pandemia. Por eso, el debate sobre el crecimiento más lento y la inflación persistente es más que otro tema económico: determina cómo serán los presupuestos estatales, los planes empresariales, las estrategias de inversión y los costes cotidianos de millones de personas durante el año que acaba de comenzar.

Fuentes:
- Fondo Monetario Internacional – actualización de enero de las previsiones mundiales de crecimiento e inflación para 2026. (enlace)
- Naciones Unidas, UN DESA – informe World Economic Situation and Prospects 2026 sobre crecimiento global, inflación y riesgos fiscales. (enlace)
- Banco Mundial – Global Economic Prospects, enero de 2026, panorama de las perspectivas macroeconómicas globales. (enlace)
- Banco Mundial – Commodity Markets Outlook sobre la evolución de los precios de las materias primas y la energía en 2026. (enlace)
- Organización Internacional del Trabajo – Employment and Social Trends 2026 sobre desempleo, calidad del trabajo y mercado laboral. (enlace)
- UN Trade and Development – Global Trade Update, enero de 2026, sobre tensiones comerciales y cambios en el comercio mundial. (enlace)
- Organización Mundial del Comercio – panorama de las medidas comerciales y de las presiones arancelarias en el comercio internacional. (enlace)
- Banco Central Europeo – proyecciones macroeconómicas y los últimos datos de inflación en la zona del euro. (enlace)

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Hora de creación: 3 horas antes

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