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Científicos de UCSF descubren cómo el sistema inmunitario en el intestino desencadena la pérdida de apetito a través del cerebro

Descubre cómo investigadores de la Universidad de California en San Francisco relacionaron la infección parasitaria, las células intestinales y el cerebro, y explicaron por qué durante la enfermedad se produce la pérdida de apetito. Ofrecemos un resumen del hallazgo publicado en la revista Nature y sus posibles consecuencias para futuros tratamientos.

Científicos de UCSF descubren cómo el sistema inmunitario en el intestino desencadena la pérdida de apetito a través del cerebro
Photo by: Domagoj Skledar - illustration/ arhiva (vlastita)

Cómo el sistema inmunitario apaga el apetito: una nueva investigación revela un vínculo entre el intestino y el cerebro tras una infección parasitaria

La pérdida de apetito es uno de los síntomas que muchas personas sienten durante una infección intestinal, y no es raro que persista incluso después de que las molestias más intensas hayan remitido. Este patrón no se limita solo a virosis pasajeras o intoxicaciones alimentarias. En infecciones más prolongadas por gusanos parásitos, que todavía afectan a un gran número de personas en las partes más pobres del mundo, la disminución del deseo de comer puede convertirse en parte de un problema de salud más amplio, relacionado con la desnutrición, el cansancio y el debilitamiento del organismo. Una nueva investigación de científicos de la Universidad de California en San Francisco muestra que esta respuesta no es solo una consecuencia indefinida de la enfermedad, sino parte de una comunicación organizada con precisión entre el sistema inmunitario en el intestino y el sistema nervioso.

El estudio, publicado el 25 de marzo en la revista Nature, describe la secuencia molecular mediante la cual la señal de la presencia de parásitos se transmite desde la mucosa intestinal hacia el cerebro, tras lo cual cambia el comportamiento del organismo, incluida la ingesta de alimentos. Según el equipo de investigación, se trata de un mecanismo que hasta ahora no se había aclarado lo suficiente, por el cual el cuerpo primero evalúa la gravedad y la duración de la amenaza, y solo después activa respuestas fisiológicas más amplias como náuseas, malestar y pérdida de apetito. También es importante para la ciencia el mensaje más amplio del trabajo: los síntomas que normalmente observamos como un efecto secundario de la enfermedad pueden ser programas biológicos regulados con gran precisión, y no una consecuencia caótica de la inflamación.

Dos tipos raros de células en el centro de la historia

En el centro del descubrimiento se encuentran dos poblaciones raras de células ubicadas en los intestinos. Las primeras son las llamadas células tuft, células epiteliales especializadas que reconocen determinadas huellas químicas del contenido intestinal y ayudan a poner en marcha la defensa contra los parásitos. Las segundas son las células enterocromafines, conocidas por liberar serotonina y participar en la aparición de náuseas, malestar, cambios en la motilidad intestinal y la transmisión de señales hacia las fibras nerviosas. Aunque ya se sabía que ambos grupos tienen un papel importante en la fisiología intestinal, no estaba claro si existe una relación directa entre ellos y, si existe, cómo esa relación se traduce en un cambio de comportamiento.

Según la explicación del equipo de UCSF, las células tuft actúan como “guardianes” químicos muy sensibles. En este trabajo, los científicos estudiaron su respuesta al succinato, una molécula producida por los gusanos parásitos. Cuando las células tuft se exponen a esa señal, no solo ponen en marcha una respuesta inmunitaria local, sino que también liberan acetilcolina, un mensajero químico que clásicamente se asocia con las células nerviosas. Aquí aparece el giro clave del estudio: las células tuft no son neuronas, pero utilizan la misma molécula de señalización para transmitir un mensaje a otras células de los intestinos.

La acetilcolina como mensaje de peligro, la serotonina como amplificador de la señal

Los investigadores demostraron que la acetilcolina liberada por las células tuft actúa sobre las células enterocromafines. Estas luego liberan serotonina, y la serotonina activa fibras del nervio vago, una de las principales vías de comunicación entre el intestino y el cerebro. En otras palabras, el intestino no envía al cerebro una información inespecífica de que “algo no va bien”, sino un paquete de señales muy organizado que se genera en varios pasos: detección del parásito, activación de las células tuft, liberación de acetilcolina, activación de las células enterocromafines, liberación de serotonina y transmisión de la información hacia el sistema nervioso central.

Esto es importante porque explica por qué la pérdida de apetito no tiene por qué aparecer de inmediato. Según los datos del estudio, las células tuft liberan acetilcolina en dos fases. La primera fase es corta y transitoria, una especie de alarma temprana. La segunda llega más tarde, después de que la respuesta inmunitaria se ha puesto plenamente en marcha, cuando aumenta el número de células tuft y cuando estas producen una señal más lenta, pero más duradera. Precisamente esta segunda ola, señalan los autores, puede explicar por qué una persona al comienzo de la infección todavía puede sentirse relativamente bien, y solo unos días después empieza a sentir náuseas más intensas y una caída del apetito.

Esa organización de la respuesta en dos etapas indica que el cuerpo intenta evitar una reacción excesiva ante estímulos pasajeros o inocuos. En lugar de cambiar el comportamiento de inmediato ante cada señal sospechosa, el organismo, según la interpretación de los autores, primero “comprueba” si la amenaza es real y persistente. Solo cuando se confirma que la infección continúa y que el sistema de defensa debe pasar a un nivel superior de preparación, se activa también la señal hacia el cerebro que influye en la ingesta de alimentos y en el estado general.

Los experimentos en ratones respondieron a la pregunta clave

Para demostrar que no se trataba solo de una curiosidad de laboratorio a nivel celular, los científicos siguieron cuánto alimento consumían los ratones durante la infección por gusanos parásitos. El resultado fue claro: los animales con células tuft funcionales con normalidad empezaron a comer menos a medida que la infección avanzaba. Por el contrario, los ratones cuyas células tuft no podían producir acetilcolina no mostraron la misma caída del apetito, aunque estuvieron expuestos a la infección. Con ello se confirmó que la cadena molecular observada no es solo un fenómeno acompañante, sino un verdadero impulsor del cambio de comportamiento.

Al mismo tiempo, los autores fueron prudentes al interpretar el alcance de sus hallazgos. El estudio se realizó en un modelo de ratón y se centró en un tipo de infección parasitaria, por lo que no puede concluirse automáticamente que un mecanismo idéntico ocurra en la misma medida en todas las personas y en todas las enfermedades del sistema digestivo. Aun así, el hecho de que las células clave y las moléculas de señalización sean conocidas desde hace mucho tiempo también en la biología humana da a este trabajo un considerable peso traslacional. No ofrece una cura ya hecha, pero sí proporciona una hoja de ruta para comprender síntomas que hasta ahora se describían sobre todo con fórmulas generales sobre la “respuesta del organismo a la infección”.

Por qué esto importa más allá de la parasitología

Aunque el motivo inmediato de la investigación es la infección parasitaria, las implicaciones podrían ser mucho más amplias. Las células enterocromafines ya son conocidas como una fuente importante de serotonina en los intestinos y se mencionan con frecuencia en investigaciones sobre náuseas, dolor visceral y trastornos de la motilidad. Las células tuft, por otro lado, se han vuelto cada vez más interesantes para los científicos en los últimos años porque no se comportan solo como una parte pasiva de la mucosa intestinal, sino como sensores activos que pueden traducir estímulos químicos del entorno en una respuesta inmunitaria y nerviosa. El nuevo estudio une estos dos campos y muestra que parte del malestar intestinal quizá se desarrolla a través de un circuito epitelial-neural muy específico.

Precisamente por eso los autores consideran que las alteraciones en esta comunicación también podrían ser relevantes para afecciones como el síndrome del intestino irritable, las intolerancias alimentarias o el dolor visceral crónico. Esto, por supuesto, no significa que ahora se haya encontrado la causa de esos trastornos. Esa afirmación sería prematura. Pero sí significa que existe un nuevo candidato biológicamente convincente para explicar al menos parte de los síntomas que deterioran de forma importante la calidad de vida de muchos pacientes y que, al mismo tiempo, a menudo son difíciles de medir objetivamente con pruebas diagnósticas estándar.

Contexto más amplio: las infecciones parasitarias siguen siendo un problema mundial de salud pública

La importancia del trabajo aumenta aún más si se tiene en cuenta la carga mundial de enfermedad causada por los helmintos intestinales. Según la Organización Mundial de la Salud, las infecciones por helmintos transmitidos por el suelo siguen estando entre las infecciones más comunes del mundo. La OMS estima que alrededor de 1.500 millones de personas, es decir, aproximadamente el 24 por ciento de la población mundial, están infectadas, principalmente en zonas con un acceso deficiente a agua limpia, saneamiento e higiene. Los niños, las adolescentes y las mujeres embarazadas y lactantes en zonas endémicas están especialmente afectados, y las consecuencias incluyen desnutrición, peor desarrollo físico, anemia y disminución de la capacidad laboral.

La OMS también señala que determinados helmintos intestinales pueden causar pérdida de apetito, lo que después reduce aún más la ingesta nutricional y empeora la condición física. A la luz de esto, la nueva investigación de San Francisco no es interesante solo como una elegante explicación molecular de un síntoma, sino también como un paso potencialmente importante hacia la comprensión de por qué estas infecciones pueden socavar tan intensamente el estado nutricional de las personas afectadas. Si en el futuro se demuestra que parte de los síntomas puede aliviarse de forma dirigida sin perjudicar la respuesta defensiva del organismo, se abriría espacio para terapias que no estarían dirigidas solo a eliminar los parásitos, sino también a preservar el estado funcional del paciente durante la enfermedad.

De la inmunología clásica a la biología del comportamiento

Uno de los mensajes más interesantes del trabajo es que la frontera entre la inmunología, la neurociencia y la biología del comportamiento se está volviendo cada vez menos rígida. Tradicionalmente, el sistema inmunitario se contemplaba como una red que reconoce patógenos y organiza su eliminación, mientras que los cambios de comportamiento, como una menor ingesta de alimentos o la retirada de las actividades, se describían a menudo como signos generales de enfermedad. Ahora se está viendo que estos patrones están profundamente arraigados en vías celulares y químicas concretas. Dicho de forma sencilla, el organismo no “pierde el apetito” por casualidad. Lo reduce mediante un sistema ajustado con precisión que conecta sensores periféricos en el intestino, respuestas inmunitarias locales y circuitos nerviosos que moldean el comportamiento.

Esa comprensión también cambia la manera en que se puede pensar sobre los síntomas. En lugar de tratarlos exclusivamente como efectos secundarios desagradables que deben suprimirse a toda costa, se plantea la pregunta de cuándo son una parte útil de la defensa y cuándo cruzan la línea y se vuelven perjudiciales. La pérdida de apetito durante una infección puede ser a corto plazo parte de una respuesta adaptativa, pero si se prolonga, puede empeorar el estado general, especialmente en niños, personas mayores y pacientes crónicos. Precisamente por eso los estudios mecanísticos como este tienen un valor que va más allá de la ciencia básica.

Precaución antes de trasladarlo a la práctica clínica

A pesar del gran interés que probablemente suscitarán los resultados, su traslado a la práctica médica no será rápido. Para empezar, es necesario confirmar hasta qué punto la misma vía está conservada en el organismo humano y en qué estados concretos se activa. Luego hay que aclarar si su bloqueo reduciría los síntomas sin consecuencias no deseadas para la propia defensa frente a la infección. El eje intestino-cerebro es un sistema extraordinariamente complejo, y la serotonina, la acetilcolina y el nervio vago participan en numerosos procesos fisiológicos. Una intervención en un punto podría ayudar a controlar las náuseas o la pérdida de apetito, pero al mismo tiempo provocar consecuencias imprevistas en otros lugares.

Aun así, el estudio proporciona una base sólida para futuras investigaciones. El solo hecho de que las células tuft utilicen acetilcolina de una manera que no encaja con el modelo neuronal clásico abre un nuevo campo de preguntas sobre cómo las células epiteliales se comunican con el resto del organismo. El trabajo adquiere un peso adicional por la tendencia más amplia de la biología contemporánea, en la que cada vez se demuestra más que los intestinos no son solo un lugar de digestión, sino una compleja interfaz sensorial y de señalización entre el entorno externo y el cerebro.

Qué dice el nuevo descubrimiento sobre la experiencia cotidiana de la enfermedad

Para los profanos, pero también para los clínicos, el valor más concreto de resultados como estos quizá esté en que explican la experiencia cotidiana de la enfermedad de una forma más precisa. Esa sensación conocida cuando, durante una infección intestinal, la comida de repente “da asco”, cuando el apetito desaparece solo al cabo de unos días o cuando el malestar dura incluso después de que pasen las peores molestias, ya no parece una consecuencia inasible de la “debilidad del organismo”. Según los datos disponibles, se trata de una respuesta coordinada en la que las células intestinales detectan una amenaza, el sistema inmunitario evalúa su duración y el sistema nervioso adapta después el comportamiento del organismo.

Precisamente esa conexión entre un acontecimiento local en el intestino y un cambio de comportamiento a nivel de todo el organismo es lo que hace que la investigación sea especialmente importante. No ofrece un giro sensacionalista, sino que aclara cuidadosamente un eslabón de la compleja cadena que conecta infección, inflamación, sensación de malestar y disminución de la ingesta de alimentos. Para la ciencia, esto es valioso porque proporciona un nuevo objetivo para la investigación. Para la medicina, puede ser importante porque abre la posibilidad de aliviar los síntomas con mayor precisión. Y para el público, quizá lo más interesante sea que confirma una vez más hasta qué punto el intestino y el cerebro están profundamente conectados, mucho más de lo que se pensaba antes.

Fuentes:
  • UC San Francisco – comunicado oficial sobre el estudio publicado el 25 de marzo de 2026, con una descripción del mecanismo por el cual las células tuft, las células enterocromafines y el nervio vago participan en la pérdida de apetito durante la infección parasitaria (enlace)
  • World Health Organization – resumen de la propagación y la carga de salud pública de las infecciones por helmintos transmitidos por el suelo, incluidos datos sobre la prevalencia global y consecuencias como la desnutrición y la pérdida de apetito (enlace)
  • Nature Reviews Immunology – artículo de revisión sobre el papel de la acetilcolina secretada por las células tuft intestinales en la defensa frente a los helmintos, como contexto científico más amplio para la nueva investigación (enlace)
  • Nature Reviews Microbiology – revisión de los conocimientos contemporáneos sobre el eje intestino-cerebro y las maneras en que las señales intestinales, incluidas las vías epiteliales y neurales, influyen en la función cerebral y el comportamiento (enlace)
  • Nobel Prize – confirmación oficial de que David Julius es ganador del Premio Nobel de Fisiología o Medicina de 2021, lo que en el artículo es relevante como contexto sobre uno de los principales autores de la investigación (enlace)

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