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Por qué las mareas rojas son una amenaza cada vez mayor para la salud humana, los animales marinos y las comunidades costeras

Descubre por qué los científicos siguen cada vez con mayor seriedad las proliferaciones de algas nocivas, cómo el ácido domoico pone en peligro a los seres humanos y a los animales marinos, y por qué el cambio climático, la seguridad alimentaria y la protección de las comunidades costeras convierten este tema en una importante cuestión de salud pública y medioambiental.

Por qué las mareas rojas son una amenaza cada vez mayor para la salud humana, los animales marinos y las comunidades costeras
Photo by: Domagoj Skledar - illustration/ arhiva (vlastita)

Por qué las “mareas rojas” son una amenaza cada vez mayor para la salud humana y la vida en la costa

Durante décadas, las escenas de aves desorientadas que chocaban contra casas, ventanas y alumbrado público parecían ficción cinematográfica, pero la realidad ha demostrado que detrás de esas escenas puede haber una causa biológica muy concreta. El tema que la cultura popular vinculó con la película de Hitchcock The Birds vuelve a estar hoy en el centro de la atención de científicos, médicos e instituciones de salud pública: las proliferaciones de algas nocivas, conocidas a menudo por el público como “mareas rojas”, se observan cada vez más a través del prisma del cambio climático, la seguridad alimentaria y los riesgos para la salud humana.

Aunque el nombre sugiere que se trata del color rojo del mar, los expertos advierten de que eso es solo una expresión coloquial. Muchas proliferaciones nocivas ni siquiera tiñen el agua de rojo, pero aun así producen toxinas o causan graves alteraciones en los ecosistemas marinos. La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos señala que las proliferaciones de algas nocivas se producen cuando las algas se multiplican sin control y, al hacerlo, provocan efectos tóxicos u otros efectos perjudiciales en personas, peces, mariscos, mamíferos marinos y aves. El problema, por tanto, no está solo en el aspecto del mar, sino en las consecuencias que estos episodios pueden tener para la cadena alimentaria, la economía costera y la salud pública.

La mayor atención en la costa oeste estadounidense en los últimos años la ha acaparado el ácido domoico, una toxina producida por determinadas especies de algas microscópicas, especialmente del género Pseudo-nitzschia. Esta toxina puede acumularse en mariscos y peces y luego terminar en los organismos que los comen, incluidos leones marinos, aves y seres humanos. Las instituciones de salud pública advierten de que la exposición al ácido domoico puede causar intoxicación amnésica por mariscos, una enfermedad que en los casos más graves puede provocar desorientación, convulsiones, alteraciones del ritmo cardíaco, coma e incluso la muerte. Resulta especialmente preocupante el hecho de que las consecuencias también pueden incluir una pérdida permanente de la memoria a corto plazo.

De la inspiración cinematográfica a una causa científicamente confirmada

La relación entre la película de Hitchcock y las proliferaciones algales fue durante mucho tiempo objeto de debate, pero hoy existen muchas más bases para afirmar que el hecho real ocurrido en la costa californiana sí estuvo relacionado con toxinas marinas. Historiadores del cine y registros de prensa citaron durante años un incidente de 1961 en Capitola, en el condado de Santa Cruz, cuando las aves marinas empezaron a comportarse de forma inusual: se lanzaban contra casas, automóviles y alumbrado público, y algunas vomitaban trozos de pescado. Según varias fuentes estadounidenses, Hitchcock seguía la prensa local, y precisamente ese hecho ayudó a dar forma a la atmósfera de su película posterior.

Más peso a esta historia le dieron las investigaciones científicas publicadas en la revista Nature Geoscience, en las que se analizó plancton conservado del episodio de 1961. Los investigadores identificaron la presencia de diatomeas asociadas a la producción de ácido domoico, lo que respalda con fuerza la conclusión de que fueron precisamente las toxinas de una proliferación algal las que contribuyeron a la “locura de las aves” que después pasó a la cultura popular. En otras palabras, lo que durante décadas sonó casi como una leyenda urbana hoy cuenta con una sólida base científica.

Pero los hechos reales fueron distintos de la dramatización cinematográfica. Las aves no atacaban a las personas de forma deliberada, sino que estaban afectadas neurológicamente tras entrar en contacto con la toxina a través de la cadena alimentaria. Esa es precisamente la diferencia clave que hoy subrayan los toxicólogos y los epidemiólogos: las proliferaciones de algas nocivas no son una curiosidad de la naturaleza, sino un fenómeno que puede alterar el comportamiento de los animales, poner en riesgo la seguridad alimentaria y abrir serias preguntas sobre los efectos a largo plazo en la salud humana.

El cambio climático intensifica los riesgos, pero no por igual para cada especie de alga

A la pregunta de si el cambio climático aumenta la frecuencia y el peligro de las proliferaciones de algas nocivas, la respuesta científica actual es en su mayor parte afirmativa, pero con una salvedad importante: no todas las especies de algas reaccionan del mismo modo a los cambios de temperatura, salinidad y circulación del agua. La Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos señala que el agua más cálida, los cambios en los sistemas de agua dulce y marinos y el aumento del nivel del mar pueden contribuir a proliferaciones más intensas y más frecuentes en un número cada vez mayor de masas de agua. La NOAA también advierte en sus revisiones de que las olas de calor marinas, los regímenes alterados de aporte de nutrientes y otras anomalías climáticas pueden crear condiciones favorables para proliferaciones peligrosas.

Esto no significa que todo calentamiento se traduzca automáticamente en el mismo tipo de proliferación o en la misma concentración de toxinas. Las investigaciones más recientes sobre aguas costeras muestran que el calentamiento y los cambios en la salinidad pueden aumentar la frecuencia de determinadas proliferaciones nocivas en algunas estaciones, mientras que en otras pueden reducirla. Precisamente por eso los expertos advierten de que es peligroso reducir el problema a una sola fórmula. El “nicho” ecológico de cada especie de alga es distinto, por lo que las condiciones locales, desde las corrientes marinas hasta la entrada de nutrientes desde tierra, deben analizarse por separado.

A pesar de esa complejidad, la imagen general es clara: unos océanos más cálidos y unas olas de calor marinas más frecuentes aumentan la presión sobre los ecosistemas costeros. A principios de abril de 2026, los medios estadounidenses informaron de temperaturas del mar inusualmente altas frente al sur de California, lo que volvió a despertar el temor a una ola de calor marina más prolongada y a nuevas alteraciones en la cadena alimentaria. Estas condiciones preocupan especialmente a los investigadores que vigilan la aparición del ácido domoico, porque los episodios intensos anteriores en la costa oeste estuvieron a menudo relacionados precisamente con aguas inusualmente cálidas y con cambios en el afloramiento de agua rica en nutrientes desde capas más profundas.

Por qué el problema no es solo ecológico, sino también de salud pública

Las proliferaciones de algas nocivas suelen percibirse públicamente como un problema de protección de la naturaleza, pero para médicos y epidemiólogos también son una cuestión sanitaria muy concreta. Con el ácido domoico, el problema es que la toxina puede terminar en los alimentos. El Departamento de Salud Pública de California recuerda que el estado aborda sistemáticamente este riesgo desde principios de la década de 1990, cuando el ácido domoico se detectó por primera vez en Monterey Bay. Hoy, California lleva a cabo un programa anual de vigilancia de mariscos y fitoplancton precisamente para detectar a tiempo concentraciones peligrosas de toxinas y emitir recomendaciones o prohibiciones de recolección.

Esa vigilancia también explica por qué el número de intoxicaciones humanas en California es relativamente bajo en comparación con el peligro potencial. El riesgo no ha desaparecido, pero el sistema de salud pública lo mitiga activamente. Las pruebas periódicas de mariscos, el seguimiento del fitoplancton y la publicación de alertas sanitarias son elementos clave de la prevención. El problema surge allí donde esa vigilancia no está igual de disponible, especialmente en comunidades que dependen en mayor medida de la recolección propia de alimentos del mar.

Además del ácido domoico, los expertos también advierten sobre la saxitoxina, otra potente neurotoxina marina asociada a determinadas proliferaciones nocivas. Esta toxina causa intoxicación paralizante por mariscos. Las autoridades sanitarias estatales de Estados Unidos señalan que los síntomas pueden aparecer muy rápidamente tras consumir mariscos contaminados, y van desde hormigueo y entumecimiento hasta dificultades respiratorias, debilidad muscular y parálisis. En los casos más graves se produce parálisis de los músculos respiratorios, por lo que es necesaria atención médica urgente. Es especialmente importante subrayar que la cocción no elimina estas toxinas, de modo que la seguridad depende ante todo de la vigilancia y de las alertas oportunas, y no de la preparación de los alimentos.

Consecuencias para el mar, la pesca y las comunidades costeras

No todas las proliferaciones de algas son tóxicas, pero incluso las que no producen toxinas de forma directa pueden tener consecuencias devastadoras. Cuando una enorme masa de algas muere y comienza a descomponerse, consume oxígeno del agua. El resultado pueden ser zonas pobres en oxígeno en las que peces y otros organismos marinos tienen dificultades para sobrevivir. Esto afecta no solo a la naturaleza, sino también a las economías locales que dependen de la pesca, la acuicultura, el turismo y la seguridad alimentaria.

En la costa oeste estadounidense, las consecuencias también llevan años viéndose a través del rescate de mamíferos marinos. Ya en 2024, la NOAA advirtió sobre proliferaciones tóxicas que afectaban a leones marinos californianos y delfines, explicando que el afloramiento de agua rica en nutrientes había favorecido el desarrollo de una proliferación que produce ácido domoico. Cuando la toxina entra en la cadena alimentaria a través de pequeños peces azules como anchoas y sardinas, las consecuencias se observan rápidamente en los depredadores. Los animales pueden mostrar desorientación, convulsiones, comportamiento anormal y daños neurológicos permanentes.

Estas imágenes aumentan aún más la conciencia pública, pero al mismo tiempo advierten de un problema más amplio. Si la misma toxina puede llegar también a los humanos a través de mariscos u otros organismos marinos, entonces la cuestión de las proliferaciones nocivas ya no es solo un tema para los biólogos marinos. Se convierte en una cuestión de política pública, de seguridad de los sistemas alimentarios y de adaptación de las comunidades costeras al cambio climático.

Por qué algunas comunidades están más expuestas que otras

El riesgo no está distribuido de manera uniforme. Las comunidades que compran la mayoría de los productos marinos a través de canales comerciales estrictamente controlados tienen un nivel de protección más alto que aquellas que dependen de la pesca y la recolección tradicionales o recreativas. Precisamente por eso en los círculos especializados se destaca a menudo el ejemplo de Alaska, donde las comunidades indígenas se encuentran entre las más expuestas cuando se trata de intoxicación por mariscos relacionada con la saxitoxina.

Los datos y la experiencia de Alaska muestran que se trata de una cuestión no solo sanitaria, sino también social, cultural y alimentaria. Para muchas comunidades, los mariscos no son solo un complemento del menú, sino parte de una forma de vida tradicional y un apoyo importante para la seguridad alimentaria. Si las proliferaciones nocivas se expanden o se vuelven menos predecibles, las consecuencias son mucho más graves que el cierre ocasional de una sola playa para usuarios recreativos.

Precisamente por eso la Sitka Tribe of Alaska desarrolló su propio sistema de vigilancia de laboratorio y de campo, y a través de redes como SEATOR se vigilan desde hace años múltiples ubicaciones del sureste de Alaska. Según los datos oficiales disponibles, el objetivo es permitir que las comunidades envíen a análisis muestras de mariscos recolectados y reciban regularmente información sobre la seguridad de zonas concretas. Este modelo muestra lo importante que es unir la ciencia, la salud pública y las necesidades de la población local. Allí donde el Estado no puede o no llega a analizar todo lo que la gente recoge por sí misma para alimentarse, la vigilancia compartida y dirigida localmente pasa a ser decisiva.

UCSF, la UNESCO y el intento de crear una respuesta global

En este contexto resulta especialmente interesante el trabajo de los investigadores de la University of California, San Francisco. En marzo de 2026, la UCSF anunció que el toxicólogo y epidemiólogo Matthew Gribble había recibido una Pew-Hoover Fellowship en el ámbito de la ciencia marina y biomédica y que, junto con la profesora de medicina Sheri Weiser, ponía en marcha la UNESCO Chair in Oceans, Clean Water and Health. Según la UCSF, se trata del primer programa UNESCO Chair en la historia de la universidad.

El significado de una iniciativa así va más allá del prestigio académico. El programa de cátedras y redes de la UNESCO fue concebido para conectar universidades y centros de investigación en la resolución de desafíos globales, desde la educación hasta las ciencias naturales y las políticas públicas. En el caso de los océanos y la salud, la idea es establecer un centro que coordine la investigación, la educación y la cooperación entre instituciones y comunidades. Esto es especialmente importante para temas como las proliferaciones de algas nocivas, donde un incidente local puede revelar muy rápidamente que forma parte de un patrón internacional más amplio relacionado con el clima, el comercio de alimentos y la vigilancia de la salud pública.

El perfil de Gribble en la UCSF confirma además que su trabajo no se limita al ámbito del laboratorio. Allí aparece como cofundador y director del UCSF Center for Oceans & Human Health y como principal socio académico de un centro sobre océanos y salud humana dirigido por comunidades tribales. Esa combinación de investigación académica y trabajo con comunidades es especialmente importante porque son precisamente las comunidades locales las primeras en sentir las consecuencias cuando se cierran zonas de pesca, se intoxican animales o se imponen prohibiciones al consumo de mariscos.

Lo que más preocupa hoy a los científicos

Aunque sobre las proliferaciones de algas nocivas se sabe mucho más que hace unas décadas, siguen existiendo importantes vacíos de conocimiento. Una de las principales cuestiones abiertas se refiere a la exposición prolongada a dosis más pequeñas de toxinas. Las intoxicaciones agudas graves son más fáciles de reconocer y relacionar con su causa, pero resulta mucho más difícil evaluar qué consecuencias puede tener una exposición repetida a niveles más bajos de ácido domoico u otras biotoxinas durante un periodo más largo.

Esto es importante tanto para las comunidades que consumen mariscos con regularidad como para los reguladores que deciden sobre los umbrales de seguridad. Si se demuestra que incluso dosis más bajas, pero repetidas, pueden dejar secuelas neurológicas u otras consecuencias para la salud, entonces también tendrían que adaptarse los estándares de vigilancia y las recomendaciones de salud pública. Precisamente por eso se insiste cada vez más en investigaciones a largo plazo que conecten la toxicología, la epidemiología, la oceanografía y la medicina clínica.

La segunda gran cuestión es la previsibilidad. Los científicos cuentan hoy con mejores modelos, una mejor vigilancia por satélite y análisis de laboratorio más potentes que antes, pero las proliferaciones nocivas siguen siendo un fenómeno complejo en el que influyen numerosos factores. Los cambios en la temperatura del mar, la disponibilidad de nutrientes, los vientos, las corrientes marinas, los episodios de lluvia y la ecología local pueden determinar conjuntamente si aparecerá una proliferación, cuánto durará y si será tóxica. Por eso, los sistemas de alerta temprana y las mediciones locales de campo siguen siendo insustituibles.

Un problema que ya no puede contemplarse como una anomalía pasajera

Si hoy vuelve a abrirse la historia de las “mareas rojas”, la razón no es solo la fascinación por escenas inusuales del mar ni la nostalgia por el clásico de Hitchcock. La razón es que las proliferaciones de algas nocivas muestran cada vez con más claridad cómo se solapan el cambio climático, la salud humana, la seguridad alimentaria y el estado de los ecosistemas marinos. De California a Alaska, desde el rescate de leones marinos hasta el análisis de mariscos que las comunidades recolectan ellas mismas para alimentarse, se trata del mismo patrón: un proceso natural que ya existía antes y que hoy adquiere un nuevo peso porque las condiciones son más inestables y las consecuencias más amplias.

En ese sentido, la historia que una vez ayudó a inspirar uno de los thrillers más famosos del siglo XX hoy parece menos una rareza cinematográfica y más una advertencia. Cuando las toxinas del mar atraviesan la cadena alimentaria y llegan a aves, mamíferos marinos, la pesca y finalmente a los seres humanos, queda claro que se trata de un tema que ya no puede relegarse a los márgenes del interés. Según los datos científicos y de salud pública disponibles, la respuesta no vendrá de un solo laboratorio ni de un solo país, sino de la unión sostenida de la vigilancia, la medicina, el conocimiento local y la cooperación internacional.

Fuentes:
  • UCSF – entrevista y resumen del trabajo de Matthew Gribble sobre proliferaciones de algas nocivas, ácido domoico y riesgos para la salud pública (enlace)
  • UCSF – anuncio sobre la Pew-Hoover Fellowship y la puesta en marcha de la UNESCO Chair in Oceans, Clean Water and Health (enlace)
  • UCSF Center for Oceans & Human Health – descripción de los objetivos del centro y de la relación entre los océanos y la salud humana (enlace)
  • UNESCO – panorama oficial del programa UNESCO Chairs y de la cooperación universitaria internacional (enlace)
  • NOAA National Ocean Service – explicación de qué son las harmful algal blooms y cómo afectan a las personas y a los ecosistemas (enlace)
  • NOAA NCCOS – panorama del estado de la ciencia, la predicción y la vigilancia de las proliferaciones de algas nocivas (enlace)
  • California Department of Public Health – programa oficial de vigilancia de biotoxinas marinas y mariscos (enlace)
  • California Department of Public Health – panorama del riesgo del ácido domoico y de la intoxicación amnésica por mariscos (enlace)
  • Washington State Department of Health – síntomas y riesgos para la salud de la intoxicación amnésica por mariscos (enlace)
  • Oregon Health Authority – panorama oficial de la intoxicación paralizante por mariscos y los efectos de la saxitoxina (enlace)
  • Nature Geoscience – trabajo científico que vincula el episodio de Capitola de 1961 con las toxinas algales y la inspiración para la película The Birds (enlace)
  • HISTORY – panorama del acontecimiento histórico de Capitola y su relación con la película de Hitchcock (enlace)
  • Sitka Tribe of Alaska – descripción oficial del trabajo del Environmental Research Lab y de la vigilancia de riesgos para el abastecimiento alimentario marino de la comunidad (enlace)
  • U.S. Climate Resilience Toolkit – presentación de la cooperación de las comunidades indígenas de Alaska en la evaluación de las proliferaciones de algas nocivas (enlace)
  • EPA – panorama del impacto del cambio climático sobre las proliferaciones de algas nocivas en los sistemas acuáticos (enlace)

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