Los incendios en la Amazonia en 2024 podrían haber liberado hasta tres veces más carbono de lo estimado hasta ahora
Los incendios que afectaron a la Amazonia y al Cerrado en 2024 podrían haber liberado a la atmósfera mucho más carbono de lo que mostraban las estimaciones anteriores, según una nueva investigación financiada por la Agencia Espacial Europea. Según los resultados publicados el 25 de marzo de 2026, las emisiones reales relacionadas con aquella temporada de incendios podrían haber sido entre 1,5 y 3 veces mayores que los cálculos previos. Se trata de un hallazgo que no solo cambia la visión sobre la magnitud de la catástrofe ecológica del año pasado en Sudamérica, sino que también plantea serias preguntas sobre cuán fiables son los actuales modelos globales que calculan los flujos de carbono, los escenarios climáticos y la carga de emisiones de las grandes temporadas de incendios.
La investigación se refiere a los incendios que durante 2024 afectaron enormes extensiones de la selva amazónica y del Cerrado, un mosaico de sabanas y bosques que cubre aproximadamente una quinta parte del territorio brasileño y que también se extiende hacia Bolivia y Paraguay. La Agencia Espacial Europea señala que se trata de la actividad de incendios más intensa en esa zona en los últimos veinte años, mientras que otros trabajos científicos publicados después de la temporada de incendios advierten que 2024 trajo un pico de perturbaciones forestales en el conjunto más amplio de la región amazónica, junto con un fuerte aumento de la degradación forestal causada por el fuego. Con ello se confirmó aún más que la temporada del año pasado no fue simplemente otro mal año, sino un acontecimiento que destaca por su magnitud incluso en comparación con los ya graves episodios de décadas anteriores.
Por qué es importante la nueva investigación
Las estimaciones anteriores de las emisiones procedentes de incendios solían basarse en indicadores clásicos como la superficie quemada y la llamada potencia radiativa del fuego, es decir, la cantidad de energía que libera un incendio y que los satélites pueden registrar. Estos modelos son útiles para el seguimiento rápido de los episodios de incendios, pero la nueva investigación muestra que en el entorno amazónico pueden pasar por alto una parte importante del problema real. Resulta especialmente importante lo que no se ve fácilmente en llamas breves e intensas: el prolongado combustión sin llama de material leñoso, madera muerta y restos de vegetación, que puede generar grandes cantidades de gases y contaminantes incluso después de que las llamas más visibles se hayan debilitado.
El trabajo publicado en
Geophysical Research Letters fue dirigido por la Universidad Técnica de Dresde en cooperación con el Real Instituto Meteorológico de los Países Bajos, conocido como KNMI, y con la empresa BeZero Carbon. Los investigadores se centraron en la temporada de incendios de agosto y septiembre de 2024, y para el análisis aplicaron inteligencia artificial a observaciones satelitales de monóxido de carbono. En este caso, ese gas se utiliza como indicador indirecto para estimar las emisiones de dióxido de carbono, porque es más fácil seguirlo con precisión desde el espacio que al propio CO2. Cuando esos datos satelitales se combinan con modelos de incendios, se obtiene una imagen más detallada de lo que realmente estaba ocurriendo en las nubes de humo sobre la parte central de Sudamérica.
Según la explicación del autor principal, Jos de Laat, del KNMI, la investigación abarcó un área de unos cuatro millones de kilómetros cuadrados, y los incendios más intensos y las mayores concentraciones de contaminación se registraron a lo largo de la frontera entre Brasil y Bolivia. Fue precisamente allí donde las observaciones satelitales y los valores modelizados no coincidieron como cabría esperar. Por ello, los científicos concluyeron que existen “lagunas” en los métodos actuales, es decir, que algunas fuentes de emisiones claramente no están siendo captadas lo suficientemente bien por los enfoques existentes. En otras palabras, el problema no es solo que se haya quemado mucha superficie, sino también el tipo de material combustible, la forma de combustión y la duración del proceso de combustión.
La combustión sin llama como fuente oculta de grandes emisiones
Una de las conclusiones clave de la investigación es que la combustión sin llama prolongada desempeña un papel mucho mayor de lo que se suponía anteriormente. Cuando el fuego alcanza la hierba o la vegetación más baja, la combustión suele ser más rápida y visible. Pero en los ecosistemas tropicales forestales y de transición, una gran parte de las emisiones puede producirse cuando troncos, ramas y otros restos leñosos arden durante mucho tiempo. Ese tipo de combustión no tiene por qué generar espectaculares lenguas de fuego que se registrarían fácilmente como un incendio especialmente potente, pero aun así puede liberar durante mucho tiempo grandes cantidades de monóxido de carbono, partículas y otros compuestos relacionados con la degradación del aire y el efecto climático.
Este es un mensaje importante tanto para la climatología como para las políticas públicas. Los presupuestos globales de carbono, las estrategias nacionales de reducción de emisiones y los modelos climáticos internacionales dependen de saber con la mayor precisión posible cuánto gas de efecto invernadero se libera de los bosques, turberas, sabanas y otros ecosistemas afectados por incendios. Si las emisiones de uno de los sistemas forestales más importantes del mundo se están subestimando sistemáticamente, entonces es posible que también sea necesario corregir parte del panorama más amplio del balance global del carbono. Esto es especialmente importante en un momento en que las políticas climáticas se apoyan en estimaciones muy precisas de las fuentes y sumideros de carbono, y en que cualquier error importante puede trasladarse a las estimaciones del calentamiento futuro.
Por qué se controla el monóxido de carbono y no solo el dióxido de carbono
A primera vista, puede parecer inusual que una investigación seria sobre las emisiones de CO2 se base en mediciones de monóxido de carbono. Pero la razón científica es bastante clara. El dióxido de carbono es el principal gas de efecto invernadero relacionado con la actividad humana, pero ya está presente de forma natural en la atmósfera en concentraciones altas y relativamente estables. Por ello, los pequeños cambios asociados a episodios individuales de incendios son más difíciles de separar desde el espacio del fondo general. El monóxido de carbono, por el contrario, existe en condiciones naturales en concentraciones mucho menores y es mucho más variable, por lo que los satélites lo detectan con mayor facilidad cuando los incendios elevan bruscamente sus niveles.
Eso no significa que el monóxido de carbono sea importante solo como indicador técnico. También se trata de un gas tóxico que deteriora gravemente la calidad del aire, especialmente cuando el humo permanece sobre zonas habitadas o recorre grandes distancias. En la región situada junto a la frontera entre Brasil y Bolivia, en la que los investigadores se centraron especialmente, las consecuencias para la calidad del aire fueron graves. Por eso este estudio es importante no solo para climatólogos y modeladores de emisiones, sino también para la salud pública, la gestión de crisis y los sistemas de alerta temprana durante las grandes temporadas de incendios.
El papel de los satélites Sentinel y la inteligencia artificial
Un lugar central en la investigación lo ocupó el satélite Sentinel-5P, la primera misión de Copernicus dedicada al seguimiento de la atmósfera, lanzada en octubre de 2017. Su instrumento Tropomi mide gases traza y aerosoles, incluidos el dióxido de nitrógeno, el ozono, el formaldehído, el dióxido de azufre, el metano y el monóxido de carbono. La Agencia Espacial Europea destaca que Sentinel-5P ofrece cobertura global diaria y es especialmente adecuado para el seguimiento del monóxido de carbono gracias a su fina resolución espacial y a detectores más sensibles que los de generaciones anteriores de instrumentos.
Pero los investigadores no se detuvieron en un solo satélite. En el trabajo también se combinaron datos de las misiones Sentinel-2 y Sentinel-3 para mejorar tanto la estimación como la verificación de las emisiones. Esa combinación de múltiples fuentes permite comprender mejor las superficies quemadas, las características de la vegetación, el estado del combustible, la humedad de la biomasa y la dinámica del propio incendio. La inteligencia artificial no se utilizó como sustituto de los modelos físicos, sino como una herramienta para acelerar cálculos muy exigentes. Los científicos indican que precisamente eso permitió comparaciones a lo largo de varios años y en varias regiones, algo que con métodos informáticos clásicos habría sido considerablemente más lento y difícil de ejecutar.
Este enfoque es especialmente importante porque el seguimiento moderno de incendios se está desplazando cada vez más del simple registro de lo que ya se ha quemado hacia la comprensión de por qué la combustión fue tan intensa y cuáles son sus consecuencias reales para la atmósfera. En ese sentido, los satélites no son solo una herramienta para producir impresionantes imágenes de humo desde el espacio, sino una fuente clave de datos para comprobar los modelos en los que se basan las estimaciones internacionales de emisiones. Si un satélite “ve” sistemáticamente más contaminación de la que predicen los modelos, eso es una advertencia de que en algún lugar de la metodología falta una parte importante del proceso.
Contexto más amplio: incendios, sequía y deforestación
Los incendios en el centro de Sudamérica no son un fenómeno nuevo, pero su capacidad destructiva aumenta cuando se combinan la sequía prolongada, las altas temperaturas, la degradación forestal y actividades humanas como la limpieza de tierras o la quema de vegetación para cambiar el uso del suelo. En los comunicados oficiales del gobierno brasileño durante 2024 y 2025 se repitió que la región se había visto afectada por una de las sequías más severas de los últimos años, mientras que fuentes europeas e internacionales advirtieron de que las olas de calor y la falta de precipitaciones habían aumentado aún más la inflamabilidad del paisaje. En esas condiciones, incluso los ecosistemas que normalmente no son propensos a incendios frecuentes se vuelven más vulnerables, especialmente cuando ya han sido debilitados por la tala, la fragmentación y los efectos de borde.
Es especialmente importante entender que una disminución de la deforestación registrada oficialmente no significa automáticamente un menor riesgo de incendios a corto plazo. En noviembre de 2024, Brasil anunció que la tasa oficial de deforestación en la Amazonia durante el periodo de agosto de 2023 a julio de 2024 había caído más de un 30 por ciento, mientras que en el Cerrado se registró la primera caída en cinco años. Se trata de un cambio importante en términos políticos y ambientales. Aun así, los trabajos científicos que analizan 2024 muestran que la degradación y la quema de bosques, especialmente durante la sequía extrema, alcanzaron de todos modos niveles que generan una profunda preocupación. En otras palabras, menos árboles talados en las estadísticas oficiales no anulan el hecho de que una enorme superficie forestal pudo haber sido dañada por el fuego, el humo y la combustión sin llama prolongada.
Esa diferencia entre deforestación y degradación a menudo pasa desapercibida en el debate público. La deforestación suele significar una pérdida más completa de la cubierta forestal, mientras que la degradación puede incluir daños parciales al bosque, reducción de la biomasa, alteración de la estructura y mayor vulnerabilidad a futuros incendios. Precisamente por eso, 2024 representa una advertencia especial para la Amazonia: incluso cuando parte de la tala formal se desacelera, la sequía extrema y los incendios pueden debilitar la resiliencia del sistema forestal desde dentro y empujarlo hacia un estado en el que le resulta más difícil recuperarse.
Consecuencias para los modelos climáticos y las políticas futuras
El hallazgo de que las emisiones pudieron haber sido hasta tres veces mayores que las estimaciones anteriores podría tener consecuencias concretas para varios niveles de toma de decisiones. En primer lugar, podría llevar a correcciones en las bases de datos operativas que siguen las emisiones de incendios casi en tiempo real. En segundo lugar, podría afectar a los modelos científicos que estiman cuánto carbono pueden seguir absorbiendo los bosques tropicales y cuánto empiezan a devolver a la atmósfera debido a la degradación, la sequía y los incendios. En tercer lugar, estos resultados también son importantes para los debates políticos sobre los compromisos climáticos, ya que las decisiones sobre la mitigación del cambio climático dependen de una comprensión lo más precisa posible de las fuentes reales de emisiones.
La Agencia Espacial Europea subraya que las metodologías y los datos desarrollados en este proyecto se incorporarán a futuros proyectos europeos de investigación y al Servicio de Vigilancia de la Atmósfera de Copernicus, conocido como CAMS. Ese servicio ya utiliza sistemas para estimar las emisiones de incendios a partir de observaciones satelitales, sobre todo a través del Global Fire Assimilation System. La nueva investigación sugiere que precisamente esos sistemas operativos podrían beneficiarse de mejoras que reconozcan mejor las formas de combustión más lentas, duraderas y a primera vista menos llamativas, pero que en las condiciones amazónicas conllevan una gran carga de emisiones.
En un sentido más amplio, el caso de la Amazonia y del Cerrado muestra hasta qué punto es peligroso, en la ciencia climática, apoyarse en supuestos simplificados. Un incendio no es solo un punto rojo en un mapa y un número de hectáreas quemadas. Es una combinación de combustible, humedad, tiempo de combustión, condiciones meteorológicas, estructura de la vegetación y actividad humana. Cuando uno de esos elementos queda subestimado, también puede quedar subestimado el daño climático total. Precisamente por eso, el nuevo análisis de 2026 va más allá de la historia de una sola temporada de incendios: advierte de que el verdadero coste climático de los grandes incendios podría ser mayor de lo que estábamos dispuestos a admitir, y eso, para la Amazonia, como uno de los principales reservorios mundiales de carbono y biodiversidad, tiene un significado global.
Fuentes:- Agencia Espacial Europea (ESA) – comunicado oficial sobre la nueva investigación y la estimación de que las emisiones de los incendios en la Amazonia en 2024 podrían haber sido entre 1,5 y 3 veces superiores a las estimaciones anteriores (enlace)- Geophysical Research Letters – artículo científico sobre observaciones satelitales, monóxido de carbono y emisiones de incendios infravaloradas en la Amazonia en 2024 (enlace)- Agencia Espacial Europea (ESA) – datos sobre la misión Sentinel-5P y el instrumento Tropomi, incluida la cobertura global diaria y el seguimiento de gases atmosféricos (enlace)- Gobierno de Brasil / Planalto – datos oficiales sobre la caída de la deforestación en la Amazonia y el Cerrado durante 2024, importantes para el contexto más amplio de los incendios y la degradación forestal (enlace)- Biogeosciences – trabajo sobre la extensa degradación de los bosques amazónicos causada por los incendios de 2024 y las emisiones récord asociadas a esa temporada (enlace)- Copernicus Atmosphere Monitoring Service (CAMS) – explicación del seguimiento operativo global de incendios y de la estimación de emisiones mediante el sistema GFAS (enlace)- Sense4Fire – página oficial del proyecto sobre el seguimiento satelital del combustible, la dinámica de los incendios y las emisiones, con enfoque en la Amazonia y el Cerrado (enlace)
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