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Irán tras la muerte de Alí Jamenei: nuevos ataques, lucha por la sucesión y riesgo de expansión de la guerra a Oriente Próximo

Descubre qué significa para Irán, Israel, Estados Unidos y los países del golfo Pérsico la nueva fase del conflicto tras la muerte de Alí Jamenei. Ofrecemos un repaso de los ataques militares, la lucha por la sucesión en Teherán, las posibles represalias regionales y las consecuencias económicas que podrían afectar a todo Oriente Próximo y a los mercados energéticos mundiales.

Irán tras la muerte de Alí Jamenei: nuevos ataques, lucha por la sucesión y riesgo de expansión de la guerra a Oriente Próximo
Photo by: Domagoj Skledar - illustration/ arhiva (vlastita)

Irán tras los ataques: guerra, sucesión y el riesgo de que el conflicto se extienda a todo Oriente Próximo

La muerte del ayatolá Alí Jamenei, confirmada en los medios estatales iraníes tras los ataques estadounidenses-israelíes del 28 de febrero, ha abierto una nueva y extraordinariamente peligrosa fase de la crisis de Oriente Próximo. En solo unos días, el conflicto ya no se observa únicamente como otra ronda de enfrentamiento directo entre Irán e Israel, con un fuerte apoyo militar estadounidense, sino como una crisis que afecta al mismo tiempo a la cuestión de la cúpula del Estado iraní, la seguridad regional, los flujos energéticos y la posible reconfiguración de la arquitectura política de todo el espacio desde el Levante hasta el golfo Pérsico. En un momento en que Teherán responde con misiles, drones y amenazas de represalia, mientras Washington aumenta la presión con exigencias de “rendición incondicional”, la cuestión clave ya no es solo cuánto tiempo puede resistir Irán militarmente, sino también quién toma realmente las decisiones hoy en Irán.

El ataque que cambió la naturaleza de la crisis

Hasta ahora, los conflictos en Oriente Próximo a menudo se extendían a través de actores intermediarios, milicias y ataques limitados, pero los acontecimientos del 28 de febrero marcaron un salto cualitativo. Según informes de agencias internacionales y medios que citaron anuncios estatales iraníes, Jamenei murió en una gran oleada de ataques contra objetivos militares y estatales en Irán. Con ello fue alcanzada la propia cúpula del sistema que durante décadas concentró el poder político, de seguridad e ideológico en una sola institución y una sola persona. Las consecuencias de un ataque de este tipo no son solo simbólicas. En el modelo político iraní, el líder supremo no es una figura ceremonial, sino la autoridad final sobre el ejército, la Guardia Revolucionaria, el aparato de inteligencia, el poder judicial y las decisiones estratégicas de política exterior. Cuando ese centro desaparece en medio de una guerra, las consecuencias no se quedan en la cúpula del Estado, sino que descienden por toda la cadena de mando y crean un vacío que al mismo tiempo amplía el espacio para el caos, la rivalidad interna y reacciones militares imprevisibles.

Por eso, los ataques estadounidenses-israelíes cambiaron la propia lógica del conflicto. Hasta hace pocos días, se podía hablar de atacar infraestructuras, capacidades militares y el programa nuclear. Tras la muerte de Jamenei, también se trata de una decapitación del régimen, es decir, de un intento de acelerar el debilitamiento político del adversario mediante un golpe contra la cúpula del Estado. Una estrategia así puede, al menos a corto plazo, desestabilizar el aparato estatal iraní. Pero también puede producir el efecto contrario: la homogeneización de las estructuras de línea dura, el fortalecimiento de la influencia de la Guardia Revolucionaria y un cierre adicional del espacio para una solución diplomática.

Quién gobierna Irán después de Jamenei

Según la información disponible, tras la muerte de Jamenei, Irán entró en un período de transición en el que las funciones del líder supremo son asumidas temporalmente por un órgano de tres miembros. En el centro están el presidente Masud Pezeshkian, el jefe del poder judicial Gholam-Hosein Mohseni-Ejei y el clérigo Alireza Arafi, vinculado a las estructuras religiosas e institucionales del régimen. El simple hecho de que se necesite un arreglo colectivo de transición muestra hasta qué punto el sistema es sensible cuando desaparece la figura que durante décadas fue el árbitro final entre las autoridades civiles, los aparatos de seguridad y el estamento clerical.

Pero una transición formal no significa estabilidad real. El órgano clave para elegir a un nuevo líder supremo es la Asamblea de Expertos, pero en la práctica la decisión no dependerá solo de los procedimientos constitucionales. En estas circunstancias, las estructuras de seguridad, especialmente la Guardia Revolucionaria, que dispone de fuerza militar, recursos económicos y gran influencia sobre las decisiones estratégicas, tienen un peso decisivo. Precisamente por eso, en los análisis internacionales se plantea cada vez más la cuestión de si la elección formal de un nuevo líder supremo será realmente el resultado de un consenso intrainstitucional o si estará sometida a la fuerte presión de aquellos centros de poder que pueden garantizar la continuidad del régimen en condiciones de guerra.

En los círculos de observadores y medios se mencionan con más frecuencia distintos nombres, entre ellos el hijo de Jamenei, Mojtaba Jamenei, pero según los datos disponibles en este momento no existe una decisión definitiva ni oficialmente cerrada sobre un sucesor permanente. Es precisamente esta incertidumbre la que aumenta aún más la tensión. Irán debe defenderse al mismo tiempo de ataques externos, contener las consecuencias regionales y resolver una cuestión que en circunstancias normales exige un proceso cerrado, lento y cuidadosamente controlado. En un entorno de guerra, ese proceso se vuelve apresurado, políticamente explosivo y potencialmente expuesto a fracturas internas.

Pezeshkian entre la continuidad del Estado y el poder limitado

En los últimos días, el presidente Masud Pezeshkian ha intentado dar la impresión de que en Teherán todavía existe un canal político que no está completamente cerrado a la desescalada. Sus mensajes a los Estados vecinos, incluida una disculpa por los ataques a algunos países del Golfo, son una señal importante de que una parte de la cúpula civil iraní comprende el coste que tendría para Irán una mayor extensión del conflicto a las monarquías árabes, las rutas marítimas y los nodos energéticos. En términos diplomáticos, se trata de un intento de separar el interés estatal iraní de la lógica de la represalia ilimitada.

Sin embargo, según los informes de las agencias, fue el propio Pezeshkian quien reconoció que no tiene pleno control sobre todas las palancas militares, especialmente sobre la Guardia Revolucionaria. Esa puede ser la frase más importante de toda esta crisis. Si el presidente del Estado muestra públicamente una influencia limitada sobre el aparato que dirige las operaciones de guerra y represalia, entonces la posibilidad de negociación no puede medirse solo por sus declaraciones políticas. Depende de si dentro del sistema iraní existe un consenso mínimo para negociar y de quién tiene el mandato para aplicar ese acuerdo sobre el terreno. Sin eso, incluso los mensajes más conciliadores no pasan de ser un intento de señalización política hacia el exterior.

Para los vecinos de Irán, y especialmente para los países del golfo Pérsico, esto crea un problema adicional. Por un lado, desde Teherán llegan tonos que sugieren que una parte de la cúpula quiere impedir un mayor incendio regional. Por otro lado, ese mismo Irán continúa con ataques, misiles y amenazas contra el espacio más amplio de Oriente Próximo. Una imagen tan dual aumenta la inseguridad entre los Estados que deben evaluar si se trata de una estrategia coordinada de “palo y zanahoria” o de una fragmentación real del poder dentro de la cúpula iraní.

La represalia regional y el peligro de varios frentes

La represalia de Irán ya no se limita solo al territorio israelí. Según informes de medios internacionales, misiles y drones alcanzaron o amenazaron objetivos en Arabia Saudí, Baréin, Emiratos Árabes Unidos y otras partes de la región, mientras al mismo tiempo se registran ataques vinculados con aliados iraníes y redes de influencia en Líbano y más allá. Esto confirma una lógica antigua, pero ahora radicalmente intensificada, de la estrategia iraní: el conflicto con Irán rara vez queda limitado a una sola frontera estatal.

El riesgo para la región no está solo en el número de misiles, sino en la amplitud geográfica de los posibles puntos de ignición. En el momento en que las capitales del Golfo, las bases estadounidenses, las rutas marítimas, la infraestructura petrolera y el tráfico aéreo civil están amenazados, cada nuevo ataque aumenta la posibilidad de un error de cálculo, del pánico en los mercados y de la implicación directa de más Estados en el conflicto. Resulta especialmente delicado que algunos de esos países quieran al mismo tiempo evitar una guerra abierta con Irán, pero no puedan ignorar el hecho de que los ataques ocurren en su territorio o en sus inmediaciones.

Precisamente por eso, la crisis actual presenta rasgos de una guerra regional de baja y media intensidad que puede convertirse en un conflicto mucho más amplio. Basta una tragedia civil mayor, un impacto más grave en la infraestructura energética o un ataque exitoso contra una instalación estadounidense importante para que el umbral político de una nueva escalada descienda aún más. En tales circunstancias, incluso los Estados que formalmente no forman parte de la guerra ya no pueden contar con quedarse al margen solo porque así lo deseen.

Los mercados energéticos como segundo frente de la crisis

Una de las consecuencias más importantes de esta crisis se ve fuera del campo de batalla, en el mercado energético y en la logística global. El aumento del precio del petróleo por encima de los 90 dólares por barril no es solo una reacción inmediata de los inversores a las noticias de guerra, sino un reflejo del temor de que las perturbaciones puedan trasladarse a la producción, el almacenamiento y el transporte de productos energéticos en todo el espacio del Golfo. Oriente Próximo no es un centro energético importante solo por la cantidad de petróleo y gas, sino también por los estrechos corredores de transporte por los que pasa una gran parte del suministro mundial.

Si las amenazas y los ataques siguen extendiéndose a las rutas marítimas, las refinerías y las terminales de exportación, las consecuencias no las sentirá solo la región. El encarecimiento de la energía se traslada rápidamente a la inflación, los costes del transporte, la producción industrial y las decisiones políticas de los bancos centrales. En otras palabras, Irán, Israel, Estados Unidos y los países del Golfo no son los únicos actores de esta historia. Las economías europeas, los importadores asiáticos de energía y los mercados que reaccionan a cada nueva señal de expansión del conflicto ya se han visto arrastrados a ella.

Por eso, la retórica de Catar, Arabia Saudí y otros países que advierten sobre las consecuencias económicas es algo más que una frase diplomática. La advertencia de que las perturbaciones en la exportación de productos energéticos podrían provocar una crisis económica más amplia debe leerse como una señal de que el factor energético se está convirtiendo quizá en el incentivo internacional más fuerte para una desescalada urgente. Mientras exista peligro para el tráfico marítimo y la infraestructura clave, la presión global para contener la guerra no hará más que aumentar.

¿Todavía puede salvarse el canal diplomático?

A pesar de la guerra abierta, varios elementos indican que el canal diplomático no ha desaparecido por completo. En primer lugar, desde la propia cúpula iraní llegan mensajes que sugieren que existe interés en limitar los daños y mantener al menos una comunicación indirecta. En segundo lugar, las Naciones Unidas y una serie de actores internacionales advierten de que el conflicto amenaza con escapar a todo control y piden el cese inmediato de las hostilidades. En tercer lugar, incluso los Estados que políticamente no están del mismo lado tienen un fuerte interés en impedir el cierre de las arterias energéticas y comerciales.

El problema, sin embargo, es que la dinámica militar está imponiéndose actualmente a la diplomacia. La exigencia estadounidense de “rendición incondicional” no parece una fórmula que abra espacio para las negociaciones, sino un mensaje político de máxima presión. Por el lado iraní, cada nueva ola de represalias dificulta aún más la posición de quienes abogarían por la contención o por reanudar las negociaciones. En ese ambiente, las negociaciones solo son posibles como un proceso silencioso, intermediado y por etapas, probablemente a través de Estados que tengan canales hacia ambas partes. La diplomacia pública está actualmente casi desplazada por completo por la lógica de la guerra.

Aun así, precisamente la muerte del líder supremo puede abrir paradójicamente también un cierto y muy estrecho espacio para una reorientación política. Un liderazgo nuevo o transitorio, enfrentado a la guerra, a la presión económica y a la amenaza de un mayor deterioro de las relaciones regionales, podría considerar que necesita una salida controlada de la crisis para estabilizar el orden interno. Pero eso exigiría al menos tres condiciones: una disciplina relativa dentro de las estructuras de seguridad iraníes, la disposición de Washington y Jerusalén a limitar sus objetivos, y un marco de intermediación que ambas partes puedan aceptar sin una humillación política formal.

Qué sigue para Irán y la región

Irán se enfrenta hoy a una triple prueba. La primera es militar: cómo responder a la continuación de los ataques sin entrar en una espiral que destruiría aún más el país y la región. La segunda es política: cómo resolver la cuestión de la sucesión suprema sin una fractura interna que debilite el propio núcleo del régimen. La tercera es internacional: cómo evitar que una parte de los Estados vecinos, que ya están expuestos a los ataques y a sus consecuencias, se alinee definitivamente en un bloque antiiraní más firme.

Para Israel y Estados Unidos también se abre una fase de alto riesgo. La eliminación de Jamenei puede verse como una gran victoria táctica, pero por sí sola no garantiza un resultado estratégico. La historia muestra que derribar o debilitar la cúpula de un régimen no produce automáticamente un orden más estable ni una capitulación más rápida. A veces abre un período de radicalización, lucha interna por la sucesión y consecuencias de seguridad imprevisibles que se desbordan más allá de las fronteras.

La descripción más realista de la situación, por tanto, no es ni que Irán esté al borde de un colapso inmediato ni que el régimen haya mostrado una resistencia total. Es más exacto decir que el país ha entrado en la transición más peligrosa desde la Revolución Islámica, en un momento en que la guerra y la cuestión de la sucesión se desarrollan simultáneamente. Si en los próximos días no aparece una señal convincente de una cadena de decisión más estable en Teherán y de al menos una comunicación diplomática mínima entre las partes enfrentadas, Oriente Próximo podría entrar en una nueva fase del conflicto en la que ya no se tratará solo de Irán tras los ataques, sino de la reordenación de todo el orden regional bajo la presión de la guerra, la energía y la lucha por el poder.

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