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La base de datos del MIT sobre amoníaco muestra el coste y las emisiones del combustible azul y verde en el comercio global

Descubre qué aporta el nuevo estudio del MIT Energy Initiative publicado en Energy & Environmental Science: la mayor base de datos global compara el coste y las emisiones de las cadenas de suministro de amoníaco en 63 países, incluyendo logística y rutas comerciales, y aclara el compromiso entre amoníaco azul y verde.

La base de datos del MIT sobre amoníaco muestra el coste y las emisiones del combustible azul y verde en el comercio global
Photo by: Domagoj Skledar - illustration/ arhiva (vlastita)

Amoníaco como combustible y portador de hidrógeno: una nueva base de datos global del MIT revela cuánto cuestan las cadenas de suministro de baja huella de carbono

El amoníaco (NH3) fue durante décadas sinónimo de fertilizantes y de la industria química, y solo de vez en cuando se mencionaba como un combustible “exótico”. Hoy la imagen está cambiando. Mientras países y empresas buscan formas de reducir emisiones en sectores difíciles de electrificar, el amoníaco vuelve a ganar protagonismo como posible portador de hidrógeno y vector energético para la industria, el transporte marítimo y la generación eléctrica. Su ventaja es que está “vacío” de carbono — no hay carbono en la molécula — y ya existe una infraestructura global para su producción, almacenamiento y transporte. Sin embargo, la pregunta clave es: ¿cuál es el impacto climático real del amoníaco cuando se considera toda la cadena de suministro, y cuál es el coste de pasar de la producción fósil actual a tecnologías de baja huella de carbono?

A esa pregunta intenta responder ahora un nuevo estudio del equipo del MIT Energy Initiative (MITEI), publicado en la revista Energy & Environmental Science. Los autores construyeron la mayor base de datos armonizada hasta la fecha que compara simultáneamente el coste y las emisiones de gases de efecto invernadero de las cadenas globales de suministro de amoníaco en 63 países, incluyendo varias tecnologías de producción y la logística del comercio internacional. En el contexto de los debates sobre el amoníaco “azul” y “verde”, el trabajo ofrece lo que al mercado a menudo le ha faltado: cifras comparables que conectan tecnología, insumos energéticos, condiciones financieras y distancia de transporte.

Por qué se considera el amoníaco como vector energético

Desde el punto de vista energético, el amoníaco es interesante por dos motivos. Primero, puede servir como portador de hidrógeno: el hidrógeno puede “empaquetarse” en amoníaco, transportarse en barco hasta el destino y luego “liberarse” cuando sea necesario mediante el proceso de descomposición (cracking) del amoníaco. Segundo, el amoníaco puede usarse directamente como combustible, por ejemplo en quemadores modificados o combinado con otros combustibles, sin emisiones de CO2 en la fase de combustión. En un mundo que quiere reducir emisiones, suena como una opción atractiva. La densidad energética, las cadenas logísticas existentes y la experiencia industrial lo convierten en un candidato más serio que hace una década.

El problema es que la producción industrial actual de amoníaco depende en gran medida de combustibles fósiles. El propio artículo en Energy & Environmental Science señala que la producción de amoníaco en 2020 estuvo asociada a unas 450 millones de toneladas de CO2, aproximadamente el 1,8% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero. Cifras así sitúan al amoníaco entre las mayores fuentes industriales de emisiones en el sector químico. En otras palabras, el amoníaco solo puede ser parte de la solución si cambia la forma en que se produce — y si, al mismo tiempo, no se ignoran las emisiones y los costes de la logística, el almacenamiento y el procesamiento de importaciones.

Qué hizo realmente el equipo del MIT

Los investigadores Woojae Shin, Haoxiang Lai, Gasim Ibrahim y Guiyan Zang desarrollaron una plataforma analítica armonizada que combina el análisis tecnoeconómico (TEA) y la evaluación de emisiones del ciclo de vida (LCA) para el comercio global de amoníaco. En la práctica, integraron en un mismo marco los precios nacionales de energía y combustibles, las condiciones financieras de la inversión, los parámetros tecnológicos de las plantas y variables logísticas como la distancia de las rutas marítimas, los costes de almacenamiento y los procesos necesarios en terminales de importación. Con ello intentaron “cerrar el círculo” entre producción y uso real del amoníaco en el comercio internacional.

La parte de “armonización” es especialmente importante. En la literatura había hasta ahora muchos estudios parciales: algunos trataban solo una región, otros solo una tecnología, otros contaban solo el coste o solo las emisiones, y los límites del sistema solían ser distintos. Ese mosaico dificulta comparaciones globales serias y abre espacio para seleccionar resultados a conveniencia. El trabajo del MIT busca salvar esa brecha: aplica el mismo conjunto de reglas a varias tecnologías y países, de modo que los resultados puedan ponerse “uno al lado del otro” sin trucos metodológicos. Los autores subrayan además que los largos viajes marítimos pueden reducir tanto la ventaja económica como la climática, lo que destaca la importancia de optimizar los corredores comerciales.

Qué tecnologías entran en el cálculo

El foco está en seis rutas de producción que hoy dominan el debate sobre el futuro del amoníaco:
  • Amoníaco gris a partir de gas natural mediante reformado de metano con vapor (SMR) sin captura de CO2.
  • Amoníaco azul mediante SMR con captura y almacenamiento de carbono (SMR-CCS).
  • Amoníaco azul mediante reformado autotérmico (ATR) con combustión con aire y captura de CO2 (ATR-CCS-AC).
  • Amoníaco azul mediante ATR con combustión con oxígeno y captura de CO2 (ATR-CCS-OC).
  • Amoníaco verde mediante electrólisis de agua a baja temperatura (LTE) con electricidad de bajas emisiones.
  • Amoníaco verde mediante electrólisis de alta temperatura (HTE), que en teoría puede ser más eficiente, pero depende de la disponibilidad tecnológica y de las fuentes de energía.
Aunque en el debate público a menudo se reduce todo a “azul” y “verde”, el estudio muestra que las diferencias dentro de esas categorías no son pequeñas. Por eso la base pone el énfasis en comparar coste y emisiones de cada ruta, considerando condiciones reales de cada país: precios del gas natural, precios de la electricidad, estructura de generación en la red y coste del capital. Así se evita la simplificación de comparar tecnologías en condiciones ideales que no existen en todas partes.

Hallazgo clave: cuál es el compromiso entre coste y emisiones

La parte más citada del trabajo se refiere a un escenario global de “transición completa” hacia amoníaco de baja huella de carbono. En ese escenario, los autores cuantifican cuánto pueden reducirse las emisiones y cuál sería el efecto en el coste.
  • Una transición completa al amoníaco azul podría reducir las emisiones de gases de efecto invernadero asociadas a la cadena de suministro en 70,9%, con un aumento del coste total de 23,2%.
  • Una transición completa al amoníaco verde podría reducir las emisiones en 99,7%, pero con un aumento del coste total de 46,0%.
Estas proporciones pesan en los debates políticos porque muestran que “casi cero emisiones” no es gratis — pero también que grandes reducciones pueden ser posibles antes de una “verdificación” total del sistema, especialmente donde existen condiciones para la captura y el almacenamiento de CO2. Para planificadores e inversores, el mensaje también es importante: el mayor salto climático lo aportan las rutas verdes, pero a un coste que puede requerir incentivos más fuertes, contratos a largo plazo o mecanismos regulatorios.

El estudio advierte además sobre un error común en el debate público: el amoníaco producido con electricidad no es automáticamente de baja huella de carbono. Si la red eléctrica sigue siendo mayoritariamente fósil, el ciclo de vida puede seguir siendo intensivo en emisiones y el coste aumenta. Dicho de otro modo, lo decisivo es de qué fuente procede la electricidad y cómo se financia la capacidad que la genera. En ese sentido, el “amoníaco verde” no es solo una cuestión de electrolizadores, sino también del mix energético y de la infraestructura renovable.

Por qué la logística y la distancia de las rutas pueden “comerse” la ventaja

Una de las conclusiones más prácticas es que el transporte marítimo de larga distancia puede reducir tanto los beneficios económicos como los climáticos, incluso cuando la producción en el país exportador es muy favorable. Esto importa porque la imagen futura del mercado se describe cada vez más mediante corredores globales: regiones con insumos energéticos baratos producirían amoníaco y los centros industriales lo importarían. Sin embargo, los costes de transporte por barco, terminales, almacenamiento y posibles procesos de conversión pueden cambiar de forma sustancial la cuenta.

En el resumen, el equipo del MIT destaca que las regiones con abundancia de recursos energéticos baratos pueden mantener una ventaja económica pese a los costes de transporte, pero también que en países con recursos limitados la importación a veces puede superar a la producción doméstica. En la práctica, esto significa que la batalla clave será dónde se construye la producción, dónde se construyen los terminales y qué rutas y opciones logísticas ofrecen la mejor relación coste-emisiones. Si se ignora, existe el riesgo de que una producción “limpia” sobre el papel se convierta en una cadena de suministro más cara y menos eficaz climáticamente en la realidad.

Quién podría ser “proveedor” de amoníaco de baja huella de carbono

Aunque los resultados individuales varían según la tecnología, el mensaje general es claro: la geografía y la energía dictan la economía. Los países con gas natural barato son candidatos naturales para rutas azules, porque pueden obtener hidrógeno más barato a partir del gas y, con CCS, reducir de forma significativa las emisiones. En esos casos, la clave es la disponibilidad y el coste de la captura de CO2, así como la existencia de almacenes geológicos o infraestructura para almacenamiento permanente. Los países que no tienen esos requisitos pueden afrontar un coste de descarbonización mucho mayor.

Por otro lado, los países con abundancia de energía renovable o potencial de generación eléctrica de baja huella de carbono tienen mejor punto de partida para el amoníaco verde. Pero incluso entonces es decisivo si puede asegurarse una electricidad estable y relativamente barata para la electrólisis y la síntesis, y si el proyecto puede financiarse en condiciones que no “se coman” la ventaja del recurso barato. El trabajo también subraya que las condiciones financieras no son un detalle: los tipos de interés, la prima de riesgo y el marco inversor más amplio pueden cambiar de forma sustancial la viabilidad. En energía, especialmente en grandes plantas e infraestructuras, el coste del capital suele ser tan importante como el coste del combustible.

De la investigación a proyectos reales: el ejemplo de Japón y Corea del Sur

El debate tecnológico y económico ya se está trasladando a estrategias energéticas reales. Japón y Corea del Sur suelen citarse como países que, debido a recursos domésticos limitados y dependencia de importaciones, intentarán asegurar moléculas de baja huella de carbono mediante comercio internacional, incluido el amoníaco. En ambos casos también pesan motivos industriales: siderurgia, industria química y generación eléctrica buscan opciones para reducir emisiones sin exigir una reconstrucción total inmediata del sistema.

En Japón, el amoníaco se asocia especialmente a la idea de cofiring (co-combustión) en centrales térmicas de carbón. Reuters informó el 13 de enero de 2026 que la eléctrica japonesa JERA trabaja en un plan para alcanzar un 20% de co-combustión de amoníaco en un bloque de la central de carbón de Hekinan para el ejercicio fiscal 2029, lo que se trataría como el primer uso comercial de amoníaco como combustible de ese tipo. En la misma noticia se mencionan planes para construir capacidad de almacenamiento y contratos de suministro de amoníaco de baja huella de carbono, con mecanismos estatales que cubren parte de la diferencia de precio frente al carbón. Así se ve claramente cómo tecnología, comercio y política pasan a ser inseparables.

En paralelo, Japón y Corea intentan institucionalizar la cooperación sobre el hidrógeno y sus derivados. El Ministerio japonés de Economía, Comercio e Industria (METI) anunció que ambos países celebraron el 14 de junio de 2024 su primer diálogo sobre cooperación en hidrógeno y derivados como el amoníaco, con el objetivo de reforzar el marco de colaboración. Estos formatos sugieren que no se trata solo de proyectos piloto aislados, sino de establecer reglas, estándares y señales de mercado que permitan inversiones a largo plazo y un suministro fiable. En la práctica, sin definiciones compartidas de combustible “limpio” y sin certificación de emisiones, el comercio internacional de amoníaco de baja huella de carbono difícilmente puede convertirse en un mercado estable.

Riesgos que la molécula “vacía de carbono” no resuelve por sí sola

El amoníaco no contiene carbono, pero no está exento de riesgos. La UNECE, en un análisis de oportunidades y riesgos, advierte que el beneficio climático puede sobreestimarse fácilmente si se ignoran las emisiones del ciclo de vida, especialmente cuando la producción está ligada a fuentes fósiles o cuando en el uso y la logística se liberan compuestos reactivos de nitrógeno. Además, el amoníaco es tóxico y corrosivo, por lo que requiere protocolos de seguridad estrictos en almacenamiento y transporte. En la combustión, la clave es controlar las emisiones de óxidos de nitrógeno, porque “cero CO2” no significa automáticamente “cero” otros contaminantes.

Por eso, la pregunta “¿es limpio el amoníaco?” no puede reducirse a una sola frase. En algunas aplicaciones puede reducir emisiones, en otras puede prolongar la vida de sistemas fósiles, y en otras puede resultar demasiado caro frente a alternativas como la electrificación directa. Precisamente ahí estas bases de datos son importantes: permiten tomar decisiones con costes y emisiones comparables, y no por impresiones. Al mismo tiempo, pueden ayudar a orientar la política pública hacia tecnologías y corredores que aporten el mayor impacto con los menores efectos secundarios.

Qué significa disponer de datos comparables cuando el mercado está naciendo

La industria del amoníaco de baja huella de carbono está en una fase en la que todavía se definen estándares, certificaciones y mecanismos de incentivos. En ese entorno, diferencias de varias decenas de puntos porcentuales en coste o emisiones pueden decidir si un proyecto se financia o se queda en el papel. El enfoque armonizado del equipo del MIT no elimina todas las incertidumbres — porque los precios de la energía, la tecnología y el capital cambian — pero reduce el problema de “manzanas y peras incomparables” en el debate público. También facilita verificar afirmaciones que a menudo acompañan grandes anuncios en el sector energético.

Para la industria, esto implica una mejor evaluación de dónde tiene sentido construir capacidad y por qué corredores suministrar. Para los gobiernos, una imagen más clara de dónde los incentivos producen mayor efecto y qué tecnologías tienen sentido bajo condiciones nacionales concretas. Y para el público, significa una cosa: la historia del amoníaco como vector energético ya no tiene por qué ser una batalla de eslóganes, sino un debate sobre números, compromisos y riesgos verificables.

Si de verdad se quiere usar el amoníaco como portador energético global en las próximas décadas, el siguiente paso no será solo “otro piloto”, sino construir cadenas de suministro que crucen océanos e incluyan almacenes, terminales y estándares de certificación. En ese sentido, la base del MIT llega como un mapa en el que, por primera vez, se ven claramente tanto el precio como la huella de carbono de rutas individuales — y precisamente las rutas serán, todo indica, donde se definirá la economía futura del amoníaco de baja huella de carbono.

Fuentes:
- Energy & Environmental Science (RSC Publishing) – artículo científico “Toward a sustainable energy future using ammonia as an energy carrier: global supply chain cost and greenhouse gas emissions” (vol. 19, págs. 162–188; edición del 13 de enero de 2026; DOI: 10.1039/D5EE05571G) (link)
- The Royal Society – documento de política sobre amoníaco, el proceso Haber–Bosch, consumo energético y emisiones (link)
- UNECE – análisis de oportunidades y riesgos del amoníaco como portador energético, con énfasis en el ciclo de vida y los impactos en el aire (link)
- Reuters – informe sobre el plan de JERA de alcanzar 20% de co-combustión de amoníaco en la central de carbón de Hekinan para el ejercicio fiscal 2029 (publicado el 13 de enero de 2026) (link)
- METI (Japón) – comunicado sobre el primer diálogo Japón-ROK sobre hidrógeno y derivados como el amoníaco (14 de junio de 2024) (link)

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