La Agencia Espacial Europea (ESA) ha cerrado un año extremadamente intenso en el que la misión Proba-3 ha pasado de ser un proyecto experimental de vuelo en formación de precisión a convertirse en una práctica “máquina de eclipses solares a la carta”. Dos pequeños satélites, que vuelan en una órbita conjunta alrededor de la Tierra desde diciembre de 2024, han logrado desde entonces más de 50 eclipses solares artificiales en el espacio y han recopilado unas 250 horas de observaciones continuas de la atmósfera solar. Precisamente estos datos cubren un vacío crucial en nuestra comprensión de la parte más enigmática de la atmósfera solar: la corona interna.
Hasta la aparición de Proba-3, los investigadores tenían que confiar en una combinación de instrumentos que registran de forma fiable la superficie del Sol y la corona externa lejana, mientras que la zona intermedia quedaba cubierta solo de forma fragmentaria y ocasional. Una visión completa de la corona solo era posible obtenerla, principalmente, durante los breves eclipses solares totales naturales, cuando la Luna oculta el disco solar durante unos minutos. Proba-3 reproduce ahora este fenómeno natural en órbita, independientemente de la posición de la Luna, las condiciones meteorológicas y la geografía, y lo hace desde una órbita que permite eclipses repetibles de varias horas.
Cómo el dúo Proba-3 crea un eclipse solar en órbita
Proba-3 es la primera misión de la ESA que demuestra el vuelo en formación de precisión de dos satélites con una exactitud de hasta un milímetro. En una órbita con una altura máxima de unos 60.500 kilómetros, dos naves espaciales —Coronagraph y Occulter— vuelan separadas por unos 150 metros, pero se comportan como un único telescopio extendido en el espacio. En la plataforma Occulter se encuentra un escudo circular de 1,4 metros de diámetro que sirve al sistema como una Luna artificial: bloquea la deslumbrante luz visible del disco solar y proyecta un cono de sombra estrecho y guiado con precisión sobre el segundo satélite, el Coronagraph, en el que se ubica el instrumento principal ASPIICS.
Cuando ambos satélites se alinean con el Sol durante varias horas, una sombra de apenas unos centímetros de diámetro cubre perfectamente la apertura del instrumento. De esta manera, ASPIICS obtiene lo que es la clave de cualquier buena imagen coronográfica: una “noche artificial” muy oscura en pleno día en la que resalta el brillo de la corona, débil pero físicamente extremadamente importante. Todo el truco funciona gracias a una combinación de receptores GPS, medidores láser de distancia, rastreadores estelares y enlaces de radio, que permiten a los ordenadores de los satélites mantener de forma autónoma la formación establecida sin comandos constantes desde la Tierra.
El periodo orbital de la misión es de aproximadamente 19 horas y 40 minutos, y en cada órbita los satélites pueden entrar en una alineación precisa y mantener un eclipse total artificial de hasta seis horas. Los eclipses solares totales naturales ocurren, de media, una vez al año (y solo desde una estrecha franja de la superficie terrestre) y duran apenas unos minutos. Proba-3, por el contrario, reproduce esta condición cada veinte horas —prácticamente siempre que la comunidad científica lo solicita— y ofrece un periodo de totalidad varias veces más largo.
Cubriendo un hueco crítico en la observación de la corona solar
El mayor valor científico de la misión reside en el hecho de que Proba-3 apunta precisamente a la zona donde las observaciones tradicionales tienen su mayor “punto ciego”. Los coronógrafos espaciales clásicos, en los que el disco para ocultar el Sol y el telescopio están en la misma plataforma, suelen estar limitados por el borde interno del campo de visión: demasiado cerca del Sol, simplemente entra demasiada luz residual y dispersión en la óptica. Por otro lado, las cámaras de ultravioleta extremo de los satélites solares ofrecen excelentes detalles de la superficie y de la corona muy baja, pero no captan las estructuras que se extienden hacia el exterior a lo largo de varios radios solares.
El resultado es que el área situada entre aproximadamente 1,1 y 2 radios solares sobre la superficie ha permanecido durante décadas como la menos cubierta por las observaciones. Es precisamente allí donde el viento solar se acelera hasta alcanzar velocidades de varios cientos de kilómetros por segundo, y donde se forman y se separan del Sol muchas eyecciones de masa coronal (CME) —gigantescas nubes de plasma y campo magnético—. Proba-3, con su concepto de coronógrafo “estirado”, separa el ocultador y el telescopio en dos plataformas y, de este modo, reduce drásticamente la cantidad de luz residual que entra en el instrumento. ASPIICS puede observar la corona prácticamente desde el mismo borde del disco solar hasta una distancia de varios radios solares en un solo encuadre ininterrumpido.
Para los científicos dedicados a la física solar, esto significa que pueden seguir cómo las estructuras magnéticas y el plasma cambian de forma y energía desde la superficie hasta la corona externa. Es especialmente importante el misterio de larga data sobre por qué la corona se calienta a más de un millón de grados Celsius, mientras que la superficie visible del Sol, la fotosfera, está “solo” a unos 5800 K. Al mismo tiempo, una mirada detallada a la región donde el viento solar se acelera es crucial para comprender la previsión del tiempo espacial, ya que los mismos procesos que impulsan el viento están detrás de las tormentas geomagnéticas más potentes.
Primeras imágenes: una visión continua desde la superficie hasta la corona alta
Ya las primeras fases de funcionamiento de ASPIICS han demostrado de qué es capaz Proba-3. La ESA publicó en junio de 2025 las primeras imágenes de la corona interna tomadas durante un eclipse total artificial, incluida una espectacular toma del 23 de mayo de 2025 en la que la corona brilla con un tono verdoso, exactamente como la vería el ojo humano durante un eclipse total observada a través de un filtro adecuado. En ese fotograma “congelado” se distinguen claramente finos hilos de plasma, arcos de estructuras magnéticas y cavidades más oscuras sobre las regiones activas de la superficie.
Aún más impresionantes son las representaciones en cámara rápida (time-lapse) que resultan de la combinación de varios instrumentos: la cámara de ultravioleta extremo SWAP de la misión Proba-2, que muestra el disco solar y la corona muy baja; el coronógrafo clásico LASCO C2 de la misión SOHO, encargado de la corona más alta; y el ASPIICS de Proba-3, que “cubre” el espacio intermedio crítico. En tales animaciones compuestas, una eyección de masa coronal se hace visible ya en el borde del disco solar, luego se expande a través de la corona interna —que hasta ahora era casi imposible de filmar— y continúa hacia el exterior, donde los instrumentos como LASCO toman el relevo.
Para investigadores como Andrei Zhukov, del Real Observatorio de Bélgica e investigador principal de ASPIICS, esta “historia continua” es un paso adelante clave. En lugar de llenar los huecos con modelos o simulaciones numéricas, ahora pueden observar directamente cómo una CME nace, se acelera y cambia de forma a lo largo de todo el rango de alturas de la corona. Esto no solo ayuda a comprender la física del Sol, sino también a construir modelos de previsión del tiempo espacial más precisos, que son la base para la protección de satélites, sistemas de comunicación y redes eléctricas en la Tierra.
Más de 50 eclipses artificiales y 250 horas de observación
Desde el inicio de la fase operativa de la misión hasta mediados de diciembre de 2025, Proba-3 ya ha realizado más de 50 eclipses artificiales con éxito y ha logrado aproximadamente 250 horas de observación de la corona en condiciones de totalidad. Se trata de una cantidad de datos que en la Tierra solo se podría recopilar durante miles de eclipses naturales. La ESA estima que el conjunto de observaciones obtenidas hasta ahora equivale a lo que conseguiríamos si organizáramos unas 6.000 expediciones distintas para observar eclipses solares totales en diferentes puntos del planeta.
El ritmo operativo de la misión se basa en el hecho de que se puede planificar la repetición de un eclipse artificial una vez en cada órbita, es decir, aproximadamente cada 19,6 horas. De este modo, se pueden lograr de media dos eclipses totales por semana, y en los dos años de duración nominal de la misión se esperan cerca de 200 eclipses y más de mil horas de totalidad. Ya en los primeros meses de trabajo, el eclipse individual más largo duró unas cinco horas, y el objetivo es alcanzar de forma estándar las seis horas de observación continua en cada órbita. Un “apagado del Sol” tan prolongado y repetido con frecuencia en órbita no tiene precedentes en la historia de la investigación heliosférica.
Los eclipses naturales no han perdido por ello su valor científico: siguen permitiendo observaciones desde perspectivas diferentes, con instrumentos distintos y en diversas longitudes de onda. Pero Proba-3 ha demostrado que partes clave del trabajo pueden ser realizadas ahora por un laboratorio espacial totalmente autónomo, independiente del impredecible calendario de los eclipses en el cielo. Esto significa que la comunidad científica puede planificar campañas de observación relacionadas con actividades solares intensas anunciadas, por ejemplo durante periodos de elevado número de manchas o tras la aparición de regiones especialmente activas.
Del lanzamiento al vuelo en formación autónomo
El camino de Proba-3 desde el lanzamiento hasta convertirse en un sofisticado centro operativo se desarrolló en varias fases. Los dos satélites despegaron el 5 de diciembre de 2024 desde el cosmódromo indio de Satish Dhawan en un cohete PSLV-XL. Tras entrar en la órbita altamente elíptica prevista, las plataformas permanecieron unidas mecánicamente durante seis semanas más, durante las cuales los ingenieros probaron detalladamente todos los sistemas. Solo después de eso se procedió a la separación y al inicio gradual del vuelo en formación, primero con distancias mayores y periodos de alineación más cortos.
En marzo de 2025, la misión logró el primer vuelo en formación autónomo con una separación de 150 metros y el mantenimiento de la formación durante varias horas sin control activo desde la Tierra. Ya en las semanas siguientes, la precisión se mejoró hasta el nivel del milímetro, condición indispensable para que la sombra del Occulter “impacte” de forma estable en la apertura del ASPIICS. Tras esto, comenzaron los primeros eclipses totales artificiales reales, inicialmente breves y luego cada vez más largos, a medida que los equipos adquirían experiencia.
Una característica clave de la misión es la transición gradual hacia un nivel cada vez mayor de autonomía. Durante los primeros vuelos en formación, los equipos en tierra supervisaron activamente cada maniobra y estuvieron preparados para intervenir si los satélites se desviaban de la geometría establecida. A medida que los algoritmos de navegación se confirmaron en la práctica, el papel de los controladores se desplazó a una supervisión en segundo plano; el objetivo final es que los satélites realicen rutinariamente las alineaciones y los eclipses con una supervisión mínima, lo cual es un paso importante hacia futuras flotas de telescopios espaciales autónomos.
ASPIICS: una mirada al interior mismo de la corona
El corazón de la parte científica de la misión es el coronógrafo ASPIICS (Association of Spacecraft for Polarimetric and Imaging Investigation of the Corona of the Sun), desarrollado por un consorcio europeo liderado por el Centre Spatial de Liège de Bélgica. Se trata de un instrumento que utiliza el concepto clásico de ocultador externo pero lo adapta al vuelo en formación: dado que el disco que oculta el Sol está físicamente situado en un satélite separado, el sistema óptico del Coronagraph está expuesto a una cantidad de luz dispersa mucho menor.
Por ello, ASPIICS puede “acercarse” al Sol más que cualquier coronógrafo espacial anterior, observando estructuras de la corona ya desde unos 0,04 radios solares sobre la superficie. La cámara trabaja en luz visible, en una región espectral estrecha que es especialmente sensible a las estructuras de plasma y de campo magnético. Cada imagen individual es en realidad una combinación de tres exposiciones de diferentes duraciones: desde cortas, que no “queman” las partes más brillantes, hasta más largas, que captan las partes más oscuras de la corona externa. Al fusionar estas exposiciones se obtiene una imagen dinámicamente rica con detalles desde el borde del disco hasta el final del campo de visión.
Los datos que recopila ASPIICS se procesan en un centro científico-operativo ubicado en el Real Observatorio de Bélgica. Allí, un equipo de expertos planifica día a día nuevas campañas de observación, envía comandos al instrumento y recibe las imágenes para distribuirlas a la comunidad internacional. Ya se ha demostrado que la calidad de los datos brutos es tan buena que muchas estructuras de la corona se hacen visibles incluso sin un procesamiento numérico agresivo, lo que es una señal alentadora para futuros análisis cuantitativos.
DARA y 3DEES: la imagen completa de la energía solar y las partículas espaciales
Proba-3 no es “solo” un coronógrafo. Junto con ASPIICS, la misión lleva otros dos instrumentos científicos que completan la imagen de la influencia solar en el espacio circundante. El Radiómetro Absoluto Digital (DARA) mide la irradiancia solar total; concretamente, cuánta energía por unidad de tiempo envía el Sol hacia la Tierra. Los registros a largo plazo de tales mediciones son clave para comprender los cambios en la radiación solar que pueden influir en el clima terrestre y en las capas superiores de la atmósfera.
El tercer instrumento, el 3D Energetic Electron Spectrometer (3DEES), se centra en los electrones de alta energía en los cinturones de radiación de la Tierra. Mientras que ASPIICS mira hacia el Sol, el 3DEES rastrea cómo el viento solar y las CME inyectan partículas en la magnetosfera y cómo esas partículas se mueven alrededor del planeta. Esta combinación de “mirada hacia la fuente” y “mirada a las consecuencias” permite a los investigadores vincular mejor los eventos solares con los cambios en el espacio cercano a la Tierra que afectan directamente al funcionamiento de los satélites y otros sistemas espaciales.
Eclipses digitales y nuevos modelos de tiempo espacial
La gran cantidad de datos de alta calidad que Proba-3 envía a la Tierra ya está impulsando el desarrollo de modelos numéricos avanzados. Equipos de toda Europa comparan las imágenes reales con los resultados de simulaciones por ordenador para mejorar la descripción del movimiento del plasma y de los campos magnéticos en la corona. Los modelos que crean los llamados “eclipses digitales” —representaciones sintéticas de la corona tal como la vería un coronógrafo como ASPIICS— desempeñan un papel especialmente importante.
Uno de estos modelos, el COCONUT, desarrollado en la Universidad Católica de Lovaina, ya se ha integrado en el Centro Virtual de Modelado del Tiempo Espacial de la ESA. Al comparar las imágenes simuladas y reales de Proba-3, los investigadores pueden calibrar con precisión el modelo y vincular mejor las regiones activas de la superficie solar con los fenómenos en la corona y la heliosfera. A largo plazo, esto debería conducir a pronósticos más fiables sobre cuándo una CME concreta impactará en la Tierra, con qué fuerza y qué respuesta provocará en la magnetosfera e ionosfera.
Beneficios en la Tierra: de las auroras a las redes sobrecargadas
Las investigaciones aparentemente abstractas de la corona tienen consecuencias muy tangibles. Las CME fuertes y los flujos rápidos de viento solar pueden desencadenar tormentas geomagnéticas que crean espectaculares auroras polares, pero que también causan problemas en las redes energéticas, la navegación por satélite, los enlaces de radio y los sistemas de comunicación. Durante mayo de 2024, una fuerte ola de actividad solar causó una de las tormentas geomagnéticas más potentes de las últimas décadas, con consecuencias visibles en muchos países.
Para los operadores de redes de transporte, las compañías aéreas y los proveedores de servicios satelitales, un pronóstico fiable de tales eventos es tan importante como un pronóstico meteorológico preciso en la superficie terrestre. Proba-3 ofrece precisamente lo que faltaba hasta ahora: la posibilidad de seguir las CME y otras estructuras coronales desde el momento de su formación hasta que abandonan la corona. De este modo se reduce la incertidumbre al evaluar la dirección, la velocidad y la energía potencial del impacto sobre el campo magnético terrestre.
A medida que el Sol se acerca al máximo del ciclo de actividad 25, se espera que el número de eventos intensos crezca. Esto convierte a Proba-3 en una herramienta ideal para probar y mejorar los sistemas de alerta temprana del tiempo espacial. Cada nuevo eclipse artificial aporta una nueva serie de datos, y cada nueva ola de actividad solar una oportunidad para comprobar hasta qué punto los pronósticos modelados se ajustan a la realidad.
Tecnología para futuras misiones
Además de la científica, Proba-3 tiene una componente tecnológica muy fuerte. El vuelo en formación de precisión de dos satélites abrirá el camino a nuevos conceptos de telescopios espaciales en los que los elementos ópticos se ubiquen en varias plataformas separadas: por ejemplo, misiones para la caza de exoplanetas con un “star-shade” extremadamente potente o telescopios interferométricos que utilicen varios satélites como espejos segmentados. Las tecnologías desarrolladas para Proba-3 —desde algoritmos de navegación hasta sensores en miniatura— ya han demostrado que este enfoque es viable en la práctica.
La misión está liderada por la ESA con el apoyo de un consorcio gestionado por la empresa española Sener, en el que participan más de 29 socios industriales de 14 estados miembros de la ESA y Canadá. Entre los participantes clave se encuentran también las empresas GMV y Airbus Defence and Space de España, así como Redwire Space y Spacebel de Bélgica. Proba-3 es, de este modo, un escaparate de la capacidad industrial europea para realizar sistemas espaciales muy complejos y altamente integrados en una misión relativamente compacta y financieramente accesible.
Qué significa Proba-3 para el futuro de la observación solar
Menos de un año después de su lanzamiento, Proba-3 ya ha entregado lo prometido, y más. Los eclipses totales artificiales se han convertido en una herramienta utilizada a diario por los físicos solares, y los primeros resultados muestran que la corona interna ya no es un área inaccesible entre diferentes tipos de instrumentos. Con más de 50 eclipses y cientos de horas de observación, la misión ha confirmado que la “falta de eclipses naturales” se puede compensar con tecnología de precisión, una órbita bien diseñada y una planificación inteligente de las campañas.
A medida que las operaciones continúen hacia diciembre de 2025 y más allá, se espera que la cantidad de datos aumente de forma masiva. Cada nueva serie de imágenes de la corona añadirá una pieza más al rompecabezas de la comprensión del comportamiento del Sol, y cada nuevo eclipse artificial realizado con éxito reforzará la confianza en las tecnologías de vuelo en formación. Proba-3 se ha convertido así tanto en un instrumento científico como en un demostrador del futuro; un doble papel muy demandado en la industria espacial.
Para la ciencia solar, la misión marca la transición de la era de dependencia de los raros y breves eclipses naturales a un periodo de “eclipses digitales” que pueden planificarse, repetirse y analizarse de forma permanente. Para el público general, quizás sea aún más importante que estas investigaciones contribuyan a una mejor protección de la tecnología sobre la que se asienta la sociedad moderna. Y para la industria espacial, Proba-3 demuestra que los equipos europeos pueden controlar con precisión milimétrica dos satélites separados a decenas de miles de kilómetros de la Tierra y, de paso, descubrir las capas ocultas del reluciente “halo” del Sol.
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Hora de creación: 18 diciembre, 2025