Irán amplía su respuesta tras la liquidación de la cúpula del aparato de seguridad
La respuesta iraní a la última ola de liquidaciones selectivas en la propia cúpula del aparato estatal y de seguridad ha abierto una nueva fase, más peligrosa, de la crisis en Oriente Próximo. Después de que los medios iraníes y extranjeros confirmaran el 17 de marzo la muerte de Ali Larijani, jefe del Consejo Supremo de Seguridad Nacional de Irán, así como del general Gholam Reza Soleimani, comandante del Basij, Teherán intensificó los ataques con misiles y drones contra Israel, pero también contra objetivos en parte de los Estados del Golfo. Con ello, el conflicto, que ya antes tenía consecuencias regionales, salió aún más del marco de una confrontación directa entre Irán e Israel y se convirtió en una amenaza de seguridad que afecta a los flujos energéticos, al tráfico marítimo y a las relaciones diplomáticas en un espacio mucho más amplio.
Según informes de AP y Reuters, así como confirmaciones difundidas por los principales medios internacionales, la muerte de Larijani en Teherán representa uno de los golpes más duros contra la cúpula político-securitaria iraní desde el inicio de la actual escalada bélica. La parte israelí anunció que en un ataque separado también murió Gholam Reza Soleimani, comandante del Basij, una organización paramilitar dentro de la estructura más amplia de la Guardia Revolucionaria que tiene un papel importante en la represión interna, la movilización y la vigilancia. Para Teherán, esto no es solo un golpe militar, sino también un mensaje político de que el adversario dispone de una penetración de inteligencia lo bastante profunda como para golpear los puntos más protegidos del sistema.
Liquidaciones que cambian la lógica del conflicto
Ali Larijani fue durante años una de las figuras más reconocibles de la política iraní. En distintos periodos desempeñó una serie de cargos clave, desde presidente del parlamento hasta hombre con un papel importante en la seguridad nacional y en la toma de decisiones estratégicas. En las nuevas circunstancias, tras los golpes previos contra la cúpula estatal iraní, su posición era aún más sensible porque unía el segmento de seguridad, el político y el diplomático de la toma de decisiones. Por eso su muerte tiene un significado más amplio que la mera eliminación de un funcionario: se trata de un golpe al centro de coordinación del régimen en un momento en que Irán intenta mostrar que todavía puede llevar a cabo una respuesta de varios niveles.
Algo similar vale también para Gholam Reza Soleimani. El Basij no es solo una formación auxiliar, sino un importante apoyo del sistema, especialmente en periodos de crisis y en el control del espacio interno. La muerte de su comandante en un momento de intensificación de los ataques externos y de tensión interna refuerza aún más la sensación de vulnerabilidad dentro del aparato iraní. Por eso la respuesta iraní era casi esperable: no solo una demostración de represalia contra Israel, sino también un mensaje a los Estados de la región de que Teherán considera objetivos legítimos cualquier infraestructura, base o territorio que estime al servicio de operaciones estadounidenses o israelíes.
Ese marco de amenaza iraní no es nuevo, pero en los últimos días ha adquirido una forma más concreta y más peligrosa. La declaración conjunta de Estados Unidos y varios Estados del Golfo del 1 de marzo ya hablaba de ataques iraníes con misiles y drones por toda la región. Mientras tanto, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas aprobó el 11 de marzo la resolución 2817, con la que condenó los ataques iraníes contra Estados vecinos. Esto muestra que la comunidad internacional ya había empezado antes a tratar esta crisis como un problema regional, y no solo bilateral. Los asesinatos de Larijani y Soleimani han acelerado ahora aún más esa regionalización del conflicto.
Ataques contra Israel y los Estados del Golfo
Tras la confirmación de las liquidaciones, Irán, según la información disponible, lanzó una nueva oleada de misiles y drones contra Israel y contra objetivos en los Estados del Golfo. Associated Press informó de que entre los objetivos estaban también Arabia Saudí, Kuwait, Irak y los Emiratos Árabes Unidos. En ese patrón de ataques es especialmente importante que Irán ya no se quede exclusivamente en el simbolismo de la “venganza directa” contra Israel, sino que intente aumentar el coste de la guerra también para los Estados que considera parte de la cadena de seguridad más amplia de Washington.
Esa ampliación del campo de batalla tiene varias consecuencias. La primera es puramente militar: las capacidades de defensa antiaérea de las monarquías del Golfo y de sus aliados están aún más cargadas por oleadas de misiles y aeronaves no tripuladas. La segunda es política: los países que intentaban equilibrar entre la condena de la actuación iraní y la evitación de una confrontación abierta se encuentran ahora bajo mayor presión para alinearse con más claridad. La tercera es económica y global: cada ataque contra instalaciones energéticas, puertos, depósitos de combustible o nodos logísticos se traslada de inmediato a los mercados del petróleo, del gas y del transporte.
Según la Agencia Internacional de la Energía, por el estrecho de Ormuz pasaron en 2025 una media de unos 20 millones de barriles diarios de crudo y productos petrolíferos, lo que convierte ese paso en uno de los “cuellos de botella” energéticos más importantes del mundo. En su informe de marzo de 2026, la AIE advirtió de que la guerra en Oriente Próximo ya está creando la mayor perturbación del suministro de petróleo en la historia del mercado global, con una caída drástica de los flujos a través de Ormuz. En otras palabras, cuando Irán amplía su respuesta hacia el espacio del Golfo, no solo amenaza a los vecinos y a las bases estadounidenses, sino que golpea la infraestructura por la que pasa gran parte del comercio energético mundial.
Presión sobre Washington y riesgo de una guerra más amplia
Para Washington, este es un momento especialmente delicado. Cada nueva salva iraní contra los Estados del Golfo aumenta la presión sobre la administración estadounidense para que reaccione con más fuerza a fin de proteger sus bases, sus aliados y las rutas marítimas. Pero precisamente ahí reside la paradoja de la fase actual del conflicto: una respuesta estadounidense más fuerte puede mostrar determinación a corto plazo, pero al mismo tiempo reforzar aún más el argumento iraní de que libra una guerra defensiva contra una amplia coalición. Así se crea una espiral en la que cada parte presenta su propia escalada como una reacción necesaria a los movimientos de la otra.
El Departamento de Estado de Estados Unidos y los socios de la región condenaron ya a comienzos del mes los ataques iraníes con misiles y drones en una declaración conjunta con Baréin, Jordania, Kuwait, Catar, Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos. Entre tanto, han llegado también mensajes adicionales de Estados Unidos de que la protección de las tropas y de la infraestructura seguirá siendo una prioridad. Pero el problema para Washington no es solo la defensa de las posiciones existentes. El problema es también el coste político de una posible ampliación de la guerra en un momento en que cada nuevo ataque aumenta el peligro de un mayor número de víctimas civiles, de perturbaciones en el suministro de energía y de desestabilización de los socios en los que Estados Unidos se apoya en la región.
Las Naciones Unidas han advertido en varias ocasiones que la situación puede escapar al control. El secretario general António Guterres llamó el 28 de febrero y el 6 de marzo a una desescalada urgente, a un alto el fuego y al regreso a negociaciones serias, advirtiendo de que los ataques y contraataques ponen en peligro a los civiles y a la economía mundial. Tras las últimas liquidaciones, esas advertencias parecen aún más serias, porque la guerra puede describirse cada vez menos como un intercambio limitado de ataques y cada vez más como un conflicto multilateral con posibilidades abiertas de desbordamiento.
Por qué el estrecho de Ormuz sigue siendo la cuestión central
La propia geografía de Oriente Próximo explica por qué es tan importante la ampliación de la respuesta iraní. El estrecho de Ormuz no es solo un espacio simbólico de competencia entre Teherán y Washington, sino una vía de tránsito vital por la que circulan petróleo, derivados del petróleo y gas natural licuado. Cada vez que Irán señala que puede dificultar o restringir selectivamente el tráfico a través de ese paso, los mercados reaccionan casi de inmediato. Este mes, la AIE advirtió de que los flujos a través de Ormuz han caído desde aproximadamente 20 millones de barriles diarios antes de la guerra a solo una pequeña parte de ese volumen, y los países del Golfo ya han tenido que recortar la producción.
La consecuencia no es solo la subida de los precios del crudo. Las perturbaciones también se trasladan al tráfico marítimo, a los seguros, a los precios de los combustibles, a los costes industriales y a las cadenas de suministro. En la práctica, esto significa que la crisis en Irán y en torno a Irán ya no es solo una cuestión de seguridad regional, sino también un factor de inflación global y de incertidumbre industrial. Precisamente por eso, diplomáticos y analistas energéticos advierten cada vez más en los últimos días de que una mayor militarización del espacio del Golfo podría producir consecuencias que no se limitarán a Oriente Próximo.
En ese cálculo, un problema especial lo representa el hecho de que Irán no tiene que “cerrar” formalmente Ormuz para producir un efecto. Bastan ataques repetidos, amenazas, interrupciones de la navegación, golpes contra terminales y aumento de las primas de los seguros para que el tráfico se ralentice, se desvíe o se encarezca. En otras palabras, incluso una inseguridad limitada, pero permanente, puede tener casi el mismo efecto que un bloqueo total. Por eso, cada nueva ronda de ataques, especialmente cuando incluye territorios de los Estados del Golfo, es una señal para los mercados de que la seguridad de la navegación se ha convertido en parte de la propia estrategia militar.
El mensaje político de Teherán y la respuesta de la región
Desde la perspectiva iraní, la ampliación de los ataques tiene una doble función. La primera es interna: mostrar a la opinión pública nacional y al aparato de seguridad que el Estado, pese a las pérdidas en la cúpula, no está paralizado. La segunda es externa: convencer a los adversarios de que el precio de nuevas liquidaciones y ataques no se limitará al territorio israelí. Cuando Teherán envía el mensaje de que atacará bases e instalaciones en la región si sirven a operaciones contra Irán, intenta aumentar el coste estratégico para Washington y sus socios, pero también introducir una incomodidad adicional entre los gobiernos del Golfo que no quieren convertirse en el principal campo de batalla.
Las reacciones en la región muestran por ahora precisamente ese patrón. Los Estados del Golfo, por un lado, condenan públicamente los ataques iraníes y, por otro, intentan evitar una situación en la que se convertirían en participantes directos y prolongados de la guerra. La declaración conjunta de los ministros del CCG y de la Unión Europea del 5 de marzo fue muy dura con Teherán, pero al mismo tiempo también se subrayó la necesidad de estabilización y de impedir una mayor expansión del conflicto. Esto revela el dilema básico de los actores regionales: cómo proteger su propia seguridad sin quedar completamente arrastrados a una guerra cuyo resultado no pueden controlar.
Las capitales europeas tampoco miran la crisis solo a través de un prisma militar. La Unión Europea ha pedido en varias declaraciones la máxima contención, la protección de los civiles y el respeto del derecho internacional. La razón no es solo política, sino también económica. Cada gran perturbación de los suministros procedentes del golfo Pérsico se refleja directamente en los mercados energéticos europeos, en la competitividad industrial y en el coste de la vida. En ese sentido, la noticia de la liquidación de Larijani y Soleimani no quedó solo como un episodio en una serie de ataques militares, sino que fue reconocida de inmediato como un posible detonante de una nueva ola de desestabilización regional.
Qué sigue tras el golpe a la cúpula del sistema
La pregunta más importante ahora es si Irán puede mantener su respuesta en el nivel de una escalada controlada o si la lógica de la represalia seguirá ampliando el círculo de objetivos. Según el patrón observado hasta ahora, Teherán intenta combinar presión militar, simbolismo político y efecto económico. Con los ataques quiere mostrar que puede golpear tanto a Israel como al espacio del Golfo y, al mismo tiempo, dejar suficiente incertidumbre como para que el adversario no pueda estar seguro de dónde termina el umbral de la represalia “limitada”. Pero precisamente esa incertidumbre es la principal fuente de peligro, porque aumenta la posibilidad de un error de cálculo, de una ampliación accidental del campo de batalla y de una implicación estadounidense más directa.
Tampoco es despreciable la dimensión interna. Las liquidaciones de altos funcionarios no significan por regla general un debilitamiento automático del aparato represivo, pero revelan grietas en el sistema de seguridad y control. Si la dirección iraní concluye que está amenazada por una nueva erosión de su autoridad, podría recurrir a una respuesta exterior aún más dura para compensar la vulnerabilidad interna. Por otro lado, si evalúa que el umbral de riesgo es demasiado alto, podría intentar abrir espacio para la mediación a través de canales regionales o internacionales. Por ahora no hay indicios suficientes de que una salida diplomática esté cerca.
Lo que actualmente está claro es que las liquidaciones de Ali Larijani y Gholam Reza Soleimani han cambiado el tono y la amplitud de la respuesta iraní. El conflicto ya no puede observarse solo como una serie de ataques aislados entre dos Estados. Abarca a las monarquías del Golfo, la presencia militar estadounidense, la infraestructura energética y las rutas globales de suministro. En ese entorno, cada nuevo misil o dron ya no es solo un movimiento militar, sino también una señal para los mercados, los aliados y los mediadores de que Oriente Próximo se acerca peligrosamente al punto en el que el control político sobre la escalada será cada vez más débil.
Fuentes:- Associated Press – informe sobre la respuesta iraní con misiles y drones tras el asesinato de Ali Larijani y del general Gholam Reza Soleimani (enlace)- The Guardian / Reuters – confirmación de la muerte de Ali Larijani y afirmaciones de Israel sobre la muerte de Gholam Reza Soleimani (enlace)- Naciones Unidas – declaración del secretario general sobre el peligro de una guerra más amplia y llamamiento a la desescalada del 28 de febrero de 2026 (enlace)- Naciones Unidas – declaración del secretario general sobre Oriente Próximo del 6 de marzo de 2026 y advertencia sobre el riesgo para la economía global (enlace)- Naciones Unidas – el Consejo de Seguridad adoptó la Resolución 2817 (2026), que condena los ataques iraníes contra Estados vecinos (enlace)- U.S. Department of State – declaración conjunta de Estados Unidos y varios Estados del Golfo sobre los ataques iraníes con misiles y drones en la región (enlace)- Agencia Internacional de la Energía – perfil del estrecho de Ormuz como corredor energético clave del mundo (enlace)- Agencia Internacional de la Energía – Oil Market Report de marzo de 2026 sobre la mayor perturbación del suministro de petróleo en la historia del mercado (enlace)- Consejo de la Unión Europea – declaración conjunta de los ministros CCG-UE sobre los ataques iraníes contra los Estados del Consejo de Cooperación del Golfo (enlace)- Consejo de la Unión Europea – panorama de la posición de la UE sobre la evolución de los acontecimientos en Irán y en Oriente Próximo (enlace)
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