El canal de paz ucraniano se debilita mientras el foco de Estados Unidos se desplaza hacia Irán
Los intentos estadounidenses de mantener el impulso de las negociaciones de alto el fuego entre Rusia y Ucrania se ralentizaron visiblemente en marzo, y cada vez más señales indican que la guerra en Oriente Medio está ocupando la atención política, militar y diplomática de Washington. Esto, al menos temporalmente, también cambia el cálculo geopolítico más amplio: mientras Estados Unidos se ocupa cada vez más de Irán y de la seguridad del golfo Pérsico, el canal negociador en torno a Ucrania se queda sin parte de la presión externa que en los últimos meses mantenía la esperanza de que pudiera alcanzarse al menos una tregua limitada o nuevos acuerdos técnicos.
Según la información disponible de varias fuentes internacionales, una nueva ronda de conversaciones en el formato Estados Unidos – Ucrania – Rusia, que se esperaba a comienzos de marzo, no se celebró en la fecha prevista. El presidente ucraniano Volodímir Zelenski declaró que Kyiv está preparada para nuevas conversaciones prácticamente en cualquier momento, pero también que la atención estadounidense está actualmente dirigida hacia Irán y que, por ello, han faltado las señales políticas necesarias para una nueva reunión trilateral. Para los gobiernos europeos, esto no es solo un problema diplomático, sino también una cuestión de seguridad de primer orden, porque cualquier permanencia más prolongada del proceso en la zona de incertidumbre aumenta la posibilidad de que la guerra vuelva a entrar en una fase de desgaste intensificado, sin un horizonte negociador claro.
Negociaciones sin ritmo y sin garantía de que se reanuden pronto
En el último año ha quedado claro en varias ocasiones que las negociaciones sobre Ucrania solo avanzan cuando detrás de ellas existe una energía política fuerte y continua de Washington, junto con una presión europea coordinada mediante sanciones, ayuda militar y mensajes diplomáticos dirigidos a Moscú. En cuanto ese ritmo se interrumpe, se abre espacio para la dilación, el traslado táctico de la responsabilidad y una nueva espiral de ataques sobre el terreno. Eso es precisamente lo que ahora preocupa a una serie de diplomáticos y responsables de seguridad europeos, porque un proceso congelado, sin interrupción formal y sin progreso real, en la práctica suele favorecer más a la parte que considera que todavía puede obtener ganancias por la vía militar.
Las conversaciones aplazadas no significan que el canal de paz se haya apagado formalmente, pero muestran lo frágil que es. Kyiv sigue repitiendo públicamente que no cierra la puerta a las negociaciones, mientras que desde Moscú siguen llegando mensajes que dejan la impresión de que el Kremlin solo quiere negociar bajo condiciones que confirmarían los objetivos territoriales y políticos rusos. Esa postura ya limitaba antes el margen de maniobra, pero ahora, cuando el aparato de seguridad estadounidense está ocupado con la crisis en Oriente Medio, debilita aún más la probabilidad de un rápido avance diplomático.
Es importante observar que no se trata solo de protocolo o del calendario de reuniones. En procesos de este tipo, el mero hecho de que las conversaciones sean regulares y se celebren con un ritmo previsible actúa como una forma de presión, porque impone a cada parte la necesidad de mostrar disposición al compromiso o al menos responsabilidad ante sus aliados. Cuando ese ritmo desaparece, crece la posibilidad de que las negociaciones se conviertan en un marco laxo sin plazo claro, sin pasos intermedios vinculantes y sin coste político por el bloqueo.
Cómo la crisis con Irán está cambiando las prioridades estadounidenses
Los nuevos acontecimientos en Oriente Medio no son para Washington simplemente otra cuestión regional. Tras los ataques conjuntos estadounidense-israelíes contra Irán a finales de febrero y los posteriores ataques contra infraestructuras energéticas y rutas marítimas en la región, la administración estadounidense dirigió gran parte de su energía política y militar hacia la seguridad de sus aliados, la protección de las rutas marítimas y la disuasión de una mayor escalada. En tales circunstancias, es lógico que parte de la atención estratégica, de las capacidades diplomáticas y de la logística militar se haya desplazado desde la dirección europea hacia Oriente Medio.
Eso no significa que Ucrania haya dejado de ser un tema importante para Estados Unidos, pero sí significa que ya no es la única crisis de política exterior que exige decisiones urgentes al más alto nivel. En la práctica, ese cambio suele tener consecuencias muy concretas: una diplomacia itinerante menos intensa, una coordinación más lenta de posiciones entre aliados, aplazamientos de reuniones y una menor visibilidad mediática de la cuestión ucraniana en la cúspide misma de la política estadounidense. Para Kyiv, eso es un problema porque la visibilidad política suele determinar también el ritmo de las entregas de ayuda, así como la disposición de los socios a endurecer aún más las sanciones contra Rusia.
Por eso, en los últimos días, la dirección ucraniana ha intentado enviar dos mensajes al mismo tiempo. El primero es que Ucrania sigue estando disponible para conversaciones y que no quiere asumir la responsabilidad del estancamiento. El segundo es que las guerras y las crisis no pueden observarse por separado: Kyiv advierte abiertamente que Irán y Rusia forman parte del mismo problema de seguridad para Europa y para Occidente en un sentido más amplio, principalmente por la cooperación en el ámbito de los sistemas no tripulados, la tecnología de misiles y la desestabilización del vecindario. De este modo, Zelenski intenta evitar que Ucrania sea apartada del foco estadounidense y europeo como una “crisis antigua” mientras una nueva crisis exige una respuesta más urgente.
El alza de los precios del petróleo como viento de cola inesperado para Moscú
Uno de los efectos más importantes, pero a menudo subestimados en la política cotidiana, de la escalada en Oriente Medio puede verse en el mercado energético. En su informe de marzo, la Agencia Internacional de la Energía advirtió que los precios del petróleo oscilaron con fuerza tras los ataques contra Irán y las perturbaciones en las rutas de suministro, y que el Brent llegó en un momento dado a acercarse a los 120 dólares por barril. Nuevos ataques contra infraestructuras energéticas e interrupciones del tráfico de petroleros a través del estrecho de Ormuz siguieron manteniendo los precios en niveles elevados, y las instituciones europeas ya advierten de que tal situación conlleva un riesgo directo de seguridad y fiscal.
Para Rusia, eso es una mala noticia solo a primera vista. Aunque Moscú sigue bajo sanciones y restricciones a la exportación, unos precios mundiales más altos de la energía suelen facilitarle la obtención de ingresos por petróleo y derivados, es decir, amortiguan parcialmente la presión de las sanciones. En otras palabras, el shock geopolítico que golpea a Oriente Medio puede ayudar a Rusia a financiar más fácilmente su maquinaria de guerra, incluso sin ningún cambio en el campo de batalla de Ucrania. Precisamente por eso la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, ha advertido en los últimos días que relajar la postura frente a los combustibles fósiles rusos sería un error estratégico y que unos mayores costes energéticos podrían acabar reforzando aún más la economía de guerra rusa.
Ese cálculo preocupa especialmente a las capitales europeas porque combina dos procesos desfavorables: el debilitamiento del foco político sobre Ucrania y, al mismo tiempo, el fortalecimiento de una de las principales fuentes de ingresos rusos. Si las negociaciones permanecen inmóviles y los ingresos energéticos aumentan, el Kremlin obtiene más tiempo y más dinero. En una relación de fuerzas así, cada pausa diplomática se vuelve más costosa, no solo para Ucrania, sino también para los aliados europeos que deben mantener el apoyo militar, financiero y humanitario.
El temor europeo a un largo estancamiento sin desenlace político
En los círculos diplomáticos europeos se habla cada vez más abiertamente del peligro de que el proceso de paz no se derrumbe de forma espectacular, sino que simplemente se ralentice hasta el punto de la invisibilidad política. Para Bruselas, Berlín, París, Varsovia y las capitales bálticas, ese escenario representa quizá la peor opción intermedia: no hay paz, no hay un colapso formal de las negociaciones que movilice una nueva determinación política, sino que aparece un prolongado espacio intermedio en el que la guerra continúa, la gente muere, la infraestructura es destruida y la agenda internacional sigue adelante.
El Consejo Europeo y el Consejo de la UE volvieron a subrayar en sus últimos documentos que Rusia debe aceptar un alto el fuego pleno, incondicional e inmediato y mostrar una verdadera voluntad política para unas negociaciones significativas. Al mismo tiempo, a mediados de marzo la Unión prorrogó las sanciones individuales contra personas y entidades vinculadas al menoscabo de la integridad territorial de Ucrania, y la Comisión Europea anunció también un nuevo paquete de medidas restrictivas dirigidas a la energía, los servicios financieros y el comercio. Con ello, Bruselas intenta enviar el mensaje de que el estancamiento diplomático no significa automáticamente un debilitamiento de la presión.
Pero el problema europeo es más amplio que las decisiones formales. Incluso cuando Bruselas mantiene una línea dura, sin un fuerte compromiso estadounidense es más difícil sostener la coalición global de presión, especialmente frente a Estados que equilibran entre Occidente, Moscú y sus propios intereses económicos. Además, una parte de los responsables europeos teme que la atención de la opinión pública y de las élites políticas, enfrentadas al aumento de los precios de la energía y a nuevas tensiones de seguridad en el Mediterráneo y en el Golfo, empiece a desplazarse de Ucrania hacia problemas internos más inmediatos. Eso no tiene por qué cambiar de inmediato la política oficial, pero con el tiempo puede debilitar la resistencia política necesaria para una larga confrontación con Rusia.
Qué significa el estancamiento sobre el terreno en Ucrania
En el propio campo de batalla, un vacío diplomático casi nunca queda sin consecuencias. En los últimos días han continuado los ataques rusos con misiles y drones contra ciudades ucranianas e infraestructuras energéticas, y las autoridades ucranianas advierten de que Moscú está aprovechando el momento de desorden geopolítico para intensificar la presión y poner a prueba los límites de la resistencia occidental. En tales condiciones, cada aplazamiento de las conversaciones políticas aumenta la incertidumbre entre los civiles, las administraciones regionales y la logística militar que ya funciona bajo presión desde hace años.
Por eso Kyiv insiste en que la cuestión de Ucrania no debe tratarse como un tema secundario mientras dure la crisis de Oriente Medio. En los últimos días, Zelenski ha destacado repetidamente también la experiencia ucraniana en la defensa contra drones, sugiriendo que precisamente la guerra en Ucrania muestra cómo la seguridad europea y la de Oriente Medio están cada vez más conectadas. Con ello intenta cambiar el marco del debate: en lugar de una competencia entre crisis, propone la tesis de que ignorar a Ucrania aumenta aún más el coste total de seguridad para los aliados.
Para la sociedad ucraniana, el peligro especial radica en que un estancamiento prolongado crea un efecto psicológico de cansancio sin un objetivo claro. En un país que ya vive su cuarto año bajo una presión masiva de guerra, cualquier debilitamiento de la atención internacional se interpreta no solo a través de la ayuda y las armas, sino también a través de la cuestión de la perspectiva política. Si los ciudadanos y las instituciones adquieren la impresión de que el proceso diplomático gira en círculos, crece el espacio para la frustración, pero también para la propaganda rusa que intenta presentar que Occidente va perdiendo gradualmente la voluntad de ofrecer apoyo a largo plazo.
La logística estadounidense, la responsabilidad europea y el cálculo ruso
Una de las razones por las que las diplomacias europeas siguen con nerviosismo el redireccionamiento estadounidense hacia Irán reside también en la dimensión militar-industrial. Varias fuentes advierten de que la ampliación del compromiso estadounidense en Oriente Medio plantea la cuestión de la disponibilidad de determinados tipos de munición, defensa antiaérea y capacidades logísticas. En un momento en que Ucrania sigue dependiendo de las entregas occidentales para la defensa de las ciudades, de la red energética y de puntos clave del campo de batalla, cualquier competencia por los mismos recursos representa un riesgo estratégico.
El cálculo ruso aquí es bastante claro. El Kremlin no necesita creer necesariamente que Ucrania vaya a ser completamente abandonada; basta con que estime que la ayuda será más lenta, que el foco político estará más fragmentado y que la respuesta occidental será menos coherente. En tales circunstancias, Moscú puede continuar con la táctica de desgaste, contando con que el tiempo juega a su favor. Eso explica por qué los responsables europeos subrayan cada vez más que la paz no es posible sin una presión continua y que un alto el fuego no puede ser el resultado de la simple buena voluntad, sino de una relación de fuerzas que muestre claramente a Rusia que una mayor dilación tiene un coste superior al de negociar.
Desde el lado europeo, eso también abre la incómoda cuestión de sus propias capacidades. Si Washington traslada temporal o parcialmente el grueso de su atención a Irán, ¿puede Europa por sí sola compensar con suficiente rapidez parte del vacío político y militar? La respuesta por ahora no es inequívoca. La Unión Europea sigue siendo un apoyo financiero y regulador clave para Ucrania, y algunos Estados miembros refuerzan la ayuda bilateral, pero la cuestión del ritmo estratégico sigue estando en gran medida vinculada a Estados Unidos. Precisamente por eso las capitales europeas intentan mantener una doble línea: demostrar públicamente un apoyo estable a Kyiv y, al mismo tiempo, convencer a Washington de que la guerra de Ucrania no debe caer más abajo en la lista de prioridades.
Por qué el desenlace político sigue siendo incierto
En este momento no hay suficientes indicadores de que el proceso de paz pueda volver rápidamente a pleno funcionamiento, pero tampoco hay confirmación de que haya fracasado de forma permanente. El problema es que entre esos dos estados existe una zona gris de largo estancamiento, y precisamente esa es la que más conviene a una guerra de desgaste. Si en las próximas semanas no surge una nueva iniciativa diplomática con fechas claras, un formato de mediación y objetivos concretos, aumenta la probabilidad de que las negociaciones permanezcan solo nominalmente abiertas, mientras que la dinámica real volverá a estar determinada por el campo de batalla, el mercado energético y el ánimo de los aliados.
Para los lectores en Europa, y especialmente en los países que sienten las consecuencias de la guerra a través de los precios de la energía, la inflación, la política de seguridad y la presión migratoria, eso significa que la cuestión ucraniana ni de lejos vuelve a una fase más tranquila. Al contrario, entra en una etapa más compleja en la que el desenlace ya no depende solo de la relación entre Kyiv y Moscú, sino también de cuánto tiempo permanecerá Washington centrado en Irán, de cuánto logre Europa mantener la firmeza política y económica y de si el aumento de los precios del petróleo asegurará a Rusia un margen adicional para continuar la guerra. Por eso el estancamiento actual es mucho más que un breve aplazamiento diplomático: es una prueba de resistencia de la estrategia occidental frente a dos incendios de seguridad simultáneos, ninguno de los cuales puede resolverse por sí solo.
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