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La guerra en nombre de Dios y la silenciosa responsabilidad del turismo: cómo la retórica religiosa alimenta los conflictos, mientras los viajes preservan el diálogo

Descubre por qué invocar a Dios para justificar la guerra es peligroso para la sociedad y los límites morales, y cómo el turismo, según los mensajes de la ONU y de las autoridades religiosas, puede conectar a las personas, derribar prejuicios y fortalecer el espacio para la paz en tiempos de tensiones globales.

La guerra en nombre de Dios y la silenciosa responsabilidad del turismo: cómo la retórica religiosa alimenta los conflictos, mientras los viajes preservan el diálogo
Photo by: Domagoj Skledar - illustration/ arhiva (vlastita)

La guerra en nombre de Dios y la silenciosa responsabilidad del turismo

Cuando los líderes políticos o religiosos recurren al nombre de Dios para justificar la guerra, la violencia deja de presentarse como una decisión política y empieza a presentarse como una supuesta necesidad moral. Precisamente ahí reside uno de los cambios más peligrosos en el discurso público: la guerra ya no es solo un instrumento de poder, territorio o presión geopolítica, sino que se intenta elevarla al nivel de una misión sagrada. Ese desplazamiento borra los límites que deberían contener la violencia, porque convierte cualquier crítica en un blanco más fácil de acusaciones de deslealtad, incredulidad o traición a la comunidad. En un mundo ya cargado de guerras, polarización y una crisis de confianza, esa retórica destruye aún más el espacio para la razón, la diplomacia y la solidaridad humana elemental.

En los últimos meses, tanto las instituciones internacionales como las autoridades religiosas han advertido precisamente sobre ese peligro. En la homilía del Domingo de Ramos del 29 de marzo de 2026, el papa León XIV afirmó que Jesús es el “Rey de la paz” a quien nadie puede utilizar para justificar la guerra. Con ello, volvió a trazar con claridad la línea entre la fe como llamado a la dignidad humana y la religión como instrumento político. Advertencias similares también han llegado en los últimos años desde las Naciones Unidas y la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, que destacan que las diferencias religiosas se instrumentalizan cada vez más para obtener beneficio político, fomentar el miedo y justificar la violencia. No se trata solo de una advertencia teórica, sino de un diagnóstico del mundo contemporáneo en el que los símbolos de lo sagrado a menudo se convierten en armas retóricas.

Cuando la religión se convierte en arma política

El problema no comienza en el momento en que caen las primeras bombas, sino mucho antes, en el lenguaje. Las guerras se normalizan primero mediante un discurso que presenta al adversario como una amenaza no solo para el Estado, sino también para la fe, la identidad y el propio orden moral. En ese marco desaparece el espacio para la complejidad. Las personas se dividen en “nosotros” y “ellos”, y el conflicto político adquiere rasgos de conflicto sagrado. En cuanto eso ocurre, toda limitación del uso de la fuerza se convierte en debilidad, y cualquier llamado a las negociaciones puede presentarse fácilmente como una concesión al mal. Precisamente por eso la invocación de Dios en la propaganda de guerra es tan devastadora: no solo justifica la violencia, sino que intenta darle un aura de justicia.

Eso tiene consecuencias más amplias que el propio campo de batalla. Cuando el lenguaje religioso se pone al servicio de la guerra, también sufre la propia religión, porque su autoridad moral se gasta en legitimar la destrucción. A los creyentes se les transmite entonces el mensaje de que la pertenencia es más importante que la conciencia, que la lealtad al grupo es más importante que la dignidad humana y que el sufrimiento de los demás puede relativizarse si procede del lado “equivocado” de la frontera. Esa lógica no termina con el final formal del conflicto. Sigue viva en las sociedades, en la educación, en los medios y en la transmisión intergeneracional de la desconfianza. Por eso la guerra librada en nombre de Dios destruye no solo ciudades y vidas, sino también la infraestructura moral de las comunidades.

Precisamente por eso las Naciones Unidas llevan años advirtiendo que la violencia basada en la religión o la creencia no es un fenómeno aislado, sino parte de un patrón más amplio de discriminación, estigmatización y manipulación política. Cuando las instituciones internacionales oficiales hablan de la instrumentalización de las diferencias religiosas, en realidad están describiendo un proceso en el que la identidad se utiliza para movilizar el miedo y la obediencia. Es una formulación importante porque recuerda que la religión en sí misma no es la causa de la guerra, pero puede convertirse en un poderoso instrumento en manos de quienes quieren hacer que la guerra parezca más aceptable, más necesaria o incluso sagrada. Por ello, la resistencia a ese abuso no es un ataque contra la fe, sino una defensa de su sentido moral fundamental.

Por qué resistir esa lógica es una obligación social

En las sociedades democráticas no basta con esperar que solo la diplomacia o el derecho internacional detengan los peligrosos patrones ideológicos. Las instituciones son importantes, pero igual de importante es el clima social en el que los ciudadanos, los medios, las universidades, las instituciones culturales, las comunidades religiosas y la sociedad civil se niegan a aceptar que la violencia sea legítima si está envuelta en el lenguaje de lo sagrado. Cuando esa resistencia falta, el marco propagandístico se convierte rápidamente en la vida cotidiana. El discurso bélico entra en los estudios de televisión, en las campañas políticas, en los sermones y en las redes sociales, mientras la sensibilidad moral de la opinión pública se debilita gradualmente.

Una responsabilidad especial recae aquí sobre los líderes religiosos. Cuando rechazan claramente cualquier posibilidad de que Dios sea utilizado como coartada para matar, no están expresando solo una postura teológica, sino que intervienen en el espacio político y ponen un límite a lo que el poder puede hacer con los símbolos religiosos. Pero la responsabilidad no termina en ellos. Los medios tienen la obligación de reconocer y desenmascarar el momento en que un mensaje político deja de ser una estrategia estatal y empieza a convertirse en chantaje moral. Las instituciones educativas tienen la tarea de enseñar la diferencia entre identidad y exclusividad. El sector cultural debe preservar el espacio para la empatía, el diálogo y la memoria del coste humano de los conflictos ideológicos.

En ese sentido, resistir la guerra en nombre de Dios no es una cuestión de ética abstracta, sino de defensa del espacio público frente a un lenguaje que anula la humanidad. Una vez que se acepta la idea de que la violencia es moralmente elevada solo porque está revestida de simbolismo religioso, la sociedad renuncia a uno de sus últimos mecanismos de autocontrol. Por eso es crucial recordar constantemente que ningún Estado, ejército o agenda política tiene el monopolio de Dios, la verdad o la dignidad de la víctima.

Dónde aparece el turismo en esta historia

A primera vista, el turismo puede parecer un tema marginal en un debate sobre guerra, religión y manipulación política. Sin embargo, precisamente en esa aparente distancia reside su importancia particular. El turismo no es solo una industria de pernoctaciones, billetes de avión y consumo. Es uno de los pocos sistemas globales que en su base descansa en el encuentro entre personas, en el cruce de fronteras y en la disposición a no mirar al otro solo a través de estereotipos o imágenes hostiles. Cuando funciona de manera responsable, el turismo crea una experiencia de inmediatez: el rostro, la ciudad, la costumbre, la comida, la lengua y la vida cotidiana del otro dejan de ser conceptos abstractos y se convierten en una realidad humana concreta.

Por eso las Naciones Unidas tampoco describen el turismo solo en lenguaje económico. En su mensaje con motivo del Día Mundial del Turismo 2024, el Secretario General de la ONU, António Guterres, subrayó que el turismo conecta a las personas y puede contribuir a la paz, mientras que ONU Turismo dedicó ese mismo año al tema “Turismo y paz”, destacando que los viajes, el intercambio cultural y las prácticas turísticas sostenibles pueden ayudar a reducir las tensiones, la reconciliación y el entendimiento mutuo. Al año siguiente, en el mensaje para el Día Mundial del Turismo 2025, se puso el énfasis en que el turismo fortalece los vínculos entre personas y lugares, construye puentes entre culturas y recuerda la humanidad compartida. Son mensajes que suenan casi modestos frente a la ruidosa retórica de la guerra, pero precisamente en esa modestia reside su fuerza política.

El turismo como correctivo de un mundo de identidades cerradas

La propaganda de guerra siempre busca una imagen simplificada del otro. Para que el conflicto sea sostenible, el “otro” debe seguir siendo lejano, plano y reducido a una etiqueta. El turismo, cuando no es colonial, explotador ni agresivo hacia la comunidad local, actúa en sentido contrario. Abre grietas en las ideas preconcebidas. Muestra que detrás de las etiquetas abstractas hay vidas reales, familias, historias locales, prácticas religiosas e intereses cotidianos que a menudo son más parecidos de lo que las élites políticas quieren admitir. No es realista afirmar que viajar por sí solo pueda detener una guerra, pero sí es realista afirmar que a largo plazo reduce el espacio para la deshumanización.

Esa dimensión se ve especialmente en sociedades marcadas por traumas históricos. Allí donde hay intercambio cultural, cooperación transfronteriza, guías locales, proyectos compartidos de patrimonio y encuentros entre personas de distintos entornos, hay menos espacio para mantener mitos sobre una incompatibilidad absoluta. El turismo entonces no actúa como espectáculo, sino como infraestructura de confianza. Precisamente por eso ONU Turismo habla cada vez más en sus documentos y programas de un “peace-sensitive sector”, es decir, de un sector que debe ser consciente del contexto político y social en el que opera. De este modo, el turismo se define no solo como una actividad económica, sino también como una práctica social con consecuencias éticas.

Es importante evitar aquí la romantización. El turismo puede profundizar las desigualdades, destruir comunidades locales y reducir la cultura a un decorado consumible. También puede convertirse en una herramienta de marketing político mediante la cual los Estados ocultan la represión o las consecuencias de la guerra. Precisamente por eso la responsabilidad del sector no es automática. Solo existe cuando el turismo respeta a la población local, el patrimonio cultural, los derechos humanos y los límites de la sostenibilidad. En otras palabras, no todo turismo es constructor de paz. Pero el turismo basado en el respeto, la inclusión de las comunidades locales y el encuentro genuino tiene el potencial de ser uno de los pocos correctivos blandos de un mundo que vuelve a armarse y a endurecerse ideológicamente.

Una fuerza económica que también conlleva responsabilidad política

La afirmación de que el turismo tiene responsabilidad social adquiere más peso cuando se observa su fuerza económica global. Según datos de ONU Turismo, en 2025 se registraron en el mundo unos 1,52 mil millones de llegadas turísticas internacionales, lo que demuestra que el sector no solo se ha recuperado, sino que ha vuelto a la senda del crecimiento pese a las tensiones geopolíticas. El WTTC estima que el turismo y los viajes deberían aportar alrededor de 11,7 billones de dólares estadounidenses a la economía mundial en 2025 y sostener unos 371 millones de puestos de trabajo. Esto significa que se trata de uno de los mayores sistemas económicos del mundo, pero también de un sector cuyos mensajes, prácticas e inversiones tienen consecuencias más amplias que la mera ganancia.

Cuando un sector tan grande habla de sostenibilidad, inclusión, cooperación y paz, eso no es un añadido irrelevante a los informes corporativos, sino una señal sobre qué tipo de relaciones internacionales quiere apoyar. Si el turismo realmente conecta lugares, capital, trabajadores, viajeros, instituciones culturales y comunidades locales, entonces participa en la configuración del clima social. Por tanto, la cuestión no es si el turismo debe ser políticamente neutral, sino si puede permitirse en absoluto una falsa neutralidad en un tiempo en que la guerra, la propaganda y la instrumentalización religiosa destruyen los cimientos de confianza sobre los que él mismo se sostiene.

Para los destinos que dependen del turismo, este hecho es especialmente importante. No hay turismo estable sin seguridad, previsibilidad, apertura y un mínimo de confianza mutua. Tampoco hay una economía turística sostenible a largo plazo si el espacio público queda permanentemente saturado por el lenguaje de la hostilidad sagrada. Por eso el interés del turismo es más amplio que el interés de la industria: la defensa del diálogo, del intercambio cultural y de la dignidad humana no es solo una elección moral, sino también una condición previa para el desarrollo sostenible.

La silenciosa, pero real, responsabilidad del sector

¿Qué significa esa responsabilidad en la práctica? Ante todo, significa rechazar la lógica en la que las personas y los destinos se observan exclusivamente a través del beneficio o la propaganda. Significa invertir en modelos de desarrollo que no desplacen a la población local, no conviertan el patrimonio en una escenografía vacía y no alimenten el sentimiento de humillación entre quienes soportan la mayor carga del turismo y obtienen el menor beneficio de él. También significa apoyar proyectos de cooperación cultural, educación, gestión compartida del patrimonio y presentación responsable de temas históricos sensibles.

También significa que la industria turística, las instituciones públicas y las autoridades locales deben ser conscientes del lenguaje con el que hablan de los demás. Si el turismo es un espacio de encuentro, entonces debe evitar activamente los estereotipos, la exotización y la banalización de la fe, la cultura o el trauma histórico ajenos. De lo contrario, deja de ser un puente y se convierte en otro mecanismo de simplificación. En tiempos de tensiones globales intensificadas, precisamente esas decisiones profesionales “pequeñas” son importantes: cómo se presentan las comunidades, cómo se interpretan los espacios sagrados, cómo se habla del pasado conflictivo y cómo se da voz a la población local en la historia de su propio destino.

A escala internacional, esto también implica un rechazo más claro de los intentos de poner los viajes, las peregrinaciones, el turismo cultural o el patrimonio religioso al servicio de la movilización nacionalista. La fe y el patrimonio pueden ser fuentes poderosas de encuentro, pero con la misma facilidad pueden convertirse en decorado para mensajes de exclusividad. Precisamente por eso es importante que las instituciones, las ciudades, los organizadores de viajes y los actores culturales insistan en el lenguaje del respeto, y no en la competencia por la santidad, el derecho a la victimización o la superioridad civilizatoria.

En un mundo de guerras ruidosas, también importan los puentes silenciosos

En una época en la que el espacio público se llena fácilmente con el lenguaje de las verdades absolutas, las identidades puras y las misiones históricas, es necesario defender todas aquellas esferas de la vida que recuerdan que las personas son, ante todo, personas. Eso no significa ignorar la realidad política ni fingir que viajar puede sustituir a la diplomacia. Solo significa reconocer que la resistencia a la lógica de la guerra también se construye fuera de las instituciones militares y estatales. Se construye en el lenguaje, la educación, la cultura, la fe, los medios y en cada espacio en el que el otro deja de ser un símbolo y vuelve a convertirse en ser humano.

Por eso el turismo, con todas sus contradicciones, es importante precisamente como una silenciosa fuerza social. No tiene el poder de detener tanques, pero sí tiene el poder de socavar los prejuicios sin los cuales los tanques llegan con mayor facilidad. No tiene el poder de redactar un acuerdo de paz, pero puede ayudar a que las sociedades no olviden cómo es la cercanía humana ordinaria. En el momento en que algunos líderes todavía intentan presentar la guerra como una misión sagrada, todo ámbito que preserve la experiencia del encuentro, el intercambio y el reconocimiento mutuo se convierte en parte de la defensa de los límites morales. Y sin esos límites, ninguna política, ninguna fe y ninguna economía pueden seguir siendo humanas a largo plazo.

Fuentes:
  • - Vaticano, homilía del papa León XIV en el Domingo de Ramos del 29 de marzo de 2026, con el mensaje de que a Jesús, el “Rey de la paz”, no se le puede utilizar para justificar la guerra (link)
  • - Secretario General de las Naciones Unidas, mensaje para el Día Internacional de Conmemoración de las Víctimas de Actos de Violencia Basados en la Religión o las Creencias, 22 de agosto de 2025, sobre los ataques contra personas por sus creencias y la necesidad de rechazar las divisiones (link)
  • - OHCHR, panorama sobre la lucha contra la intolerancia contra personas por motivos de religión o creencias, con la advertencia de que las diferencias religiosas se instrumentalizan para obtener beneficio político (link)
  • - ONU Turismo, Día Mundial del Turismo 2024 con el tema “Turismo y paz”, sobre el papel de los viajes, el intercambio cultural y las prácticas sostenibles en la reducción de tensiones y el fomento del entendimiento (link)
  • - Secretario General de las Naciones Unidas, mensaje para el Día Mundial del Turismo 2024, en el que se afirma que el turismo conecta a las personas y puede contribuir a la paz (link)
  • - ONU Turismo, Día Mundial del Turismo 2025 y mensaje de que el turismo fortalece los vínculos entre personas y lugares y construye puentes entre culturas (link)
  • - ONU Turismo, datos sobre las llegadas turísticas internacionales en 2025, estimadas en unos 1,52 mil millones (link)
  • - WTTC, panorama de la misión de la organización y del objetivo de fomentar la paz, la seguridad y el entendimiento a través del sector de viajes y turismo (link)
  • - WTTC, estimación del impacto económico del sector en 2025, incluida la contribución al PIB mundial y al empleo (link)

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Hora de creación: 2 horas antes

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